La taberna emergía silenciosamente en un bosque mágico. Un estrecho sendero montañoso conducía hasta allí, en una distancia no muy lejana a la tradicional Villa lacustre, totalmente escondida. Una tenue Suiza secreta de colonos, perdida entre los contrafuertes de la cordillera andina, aparecía insospechadamente, como una intocable muralla maciza. En aquel lugar, el tiempo se detenía rodeado de la tradición y el pasado. Y, allí, ajena a la cotidianidad del mundo, aparecía la "’Vieja Cantina”. Familiarmente, reunía a los lugareños, como en una especie de recova histórica de los encuentros. La construcción pintoresca, guardaba como reliquia el viejo banco verde, actual testigo del rico pasado y de conversaciones épicas, de aquellos inmigrantes pioneros que con gran sacrificio vinieron a poblar la Argentina. La mayoría de ellos, creían en este país maravilloso, con un sur pujante, lleno de un futuro próspero. Eran tiempos de Mitre, cuando bajo el lema: "’Gobernar es poblar”, se valoraba el oficio como el más preciado servicio.

La construcción añeja de madera trabajada, hacia más de un siglo, se distinguía de todas las demás. Había frío, la vegetación milenaria, los bosques silenciosos y solitarios se detenían en los lagos quietos, que espejaban la nieve de los cerros espléndidos de luz. La casa estaba rodeada de cipreses con colihues centenarios, de arrayanes fríos y eternos. El gran cerro se veía allá a los lejos imponente, apto para los desafiadores del Snowboard, ofreciendo desde su cima una increíble postal de belleza: el lago, las islas, la villa turística, los bosques, ciervos, y vivos colores en el aire seco y liviano de montaña. Hacia el oeste de la cantina, perdido entre finos murales y macizos rocosos, se imponían los misteriosos ventisqueros del Río Manso, sensiblemente blancos unos, y negros otros tantos, por los grandes filamentos impresos del curtido hierro duro.

El espejoso lago "’Huapi de los Césares” cercano al Bar era navegable, y en cada atardecer entraba el velero blanco, lenta y plácidamente en los brazos mas lejanos de la melancolía, el viento y la villa danesa. Surcados de verdes paredes, con extensos muros y oscuros caminos, que solo eran investigados por los estrepitosos ciervos. Precisamente, allí surgía la puerta estrecha, con un cartel de refugio que decía: "’La vieja cantina” con una escalera, que descendía a un oscuro sótano iluminado cálidamente, por dos faroles tenues a los costados. Es que casi como un viejo Molino, la cantina, en el beber sobrio, molía todo mal, como magia en la soledad. Como un lugar épico de culto surgía en un vertiginoso silencio. No había excesos, ni descontroles.

La presencia femenina delicada, sacrificada y sensible, escaseaba. Hasta las amantes más dulces, cuando bajaban aquella escalera, se volvían amargas. Era frecuentada por rústicos varones, que en la dureza de la vida, casi como doce discípulos, se rendían dócilmente ante el único apóstol cantinero que los atendía. Una letra "’H” sobresalía al fondo, pero no la H del pensador Heidegger, sino de la cerveza "’Heineken”. Aunque, la birra artesanal de la "’Vieja Cantina”, ya sea de una pinta o media pinta roja, con poca espuma, cortada al cuchillo, permitía el dialogo sensible y el encuentro justo. Aquel, era el sabor de saber que había alguien atento a nuestro lado, para escuchar cada palabra de lo que le decíamos. Parecía, que en aquella lejana taberna, cercana al Río Manso, el "’Ser y el Tiempo”, pasaban detenidamente en ese momento único. Con llanto en los ojos sentíamos al fin algo vivencial, bajo el cobijo de una solitaria viola, alejada del estruendo de la batería impulsiva, caliente y gritona. La vida existencial, emergía allí hasta en los poros, como sinónimo de sencillez. La mentira, inseguridad, descalificación, violencia, competencia, droga y patoterismo, parecían no haber entrado todavía por esa puerta.

Y, nadie necesitaba llamar la atención, porque el fiel mozo, sin mediar palabra ya sabia de antemano lo que iba a pedir cada cliente. No era ese un lugar para despilfarrar dinero, sino para gestos aventureros. Lejos de ser el "’Tortoni”, el viejo y olvidado bar de las charlas largas de amigos, se recuperaba allí instantáneamente, en la lejana travesía de cruzar por un bosque encantado. El mismo contraste de las confiterías "’progres” de la bulla, livianas y vacías, la delataban. Es que aquí, en La Cantina, como en cualquier bar tradicional, se imponía la caballerosidad y el respeto. El orden y la disciplina lograda, como en una gran familia, nos hacían desear la rutina y la austeridad de la vida. Surgía como un lugar de encuentro y no de escape. Al menos, podíamos vivir lejos del ruido.

¿No habrá sido aquella cantina, la legendaria ciudad de los Césares, anunciada por los historiadores en los inhóspitos lagos del sur, rodeada por murallas de riqueza, oro y bronce? No lo se, pero el tesoro seguro que uno encontraba al salir de allí, era el percibir, que habían sido muchos los años de civilización obtenidos, pero muy pocos en los que nos habíamos sentido, verdaderamente hermanados.

(*) Periodista, filósofo y escritor.