Si política es la expresión abierta -ideológica y conceptual- de quienes intervienen en las cosas del gobierno y negocios del Estado; si política es el actuar de los que, lateral, opuesta o frontalmente, se ligan a los asuntos públicos con su intervención, opinión, debate, voto, o de cualquier manera atinente; si política es la actividad de quienes rigen -o aspiran a regir- la trama de la gobernanza en una nación, si política es todo eso y mucho más, comprendiendo a la babélica política argentina encontramos un constante -repetitivo y no cedente- estado de discordia que escapa a la contención y al buen tino.
Es una atmósfera de confusión y enfrente, en un país donde están dispersas más de cincuenta agrupaciones políticas, entre las que se hablan sin escuchar, no se comparten aspiraciones sino ambiciones, prevaleciendo criterios extremos, donde las demasías entran por la puerta ancha, arrastrando y esparciendo la grisura, como que ésta es insignificancia y mediocridad.
La política argentina es absoluta, tan de género propio, y con tal grado de singularidad y rareza, que ese clarísimo y peculiar rasgo distintivo podría llevarla a figurar en al libro "’Guinness”, de lo increíble, ubicada en la categoría de "’el país políticamente más dislocado y desconcertante del planeta”.
Teniendo en cuenta que en lo relacional "’política” es habilidad, tacto, sagacidad, capacidad de manejo y mando, la correlación doctrina política, actividad política, gobierno, es un eje pluriaxial alrededor del que debe girar -por carácter transitivo y absolutez de necesidad- el desarrollo armónico de un íntegro Estado en su conjunto: Existencia real de independencia e interdependencia, acatada vigencia de las leyes, accionar de individualidades con específica índole partitiva y participativa, todo en congruencia con los principio federativos, en cuanto a ellos se atenga una nación.
En este tiempo de revuelo en las economías mundiales, y pese a los agoreros de siempre, Argentina está asentada en un no despreciable término medio -hacia arriba- entre los más de doscientos países del orbe. Poderosas naciones presentan en estos momentos situaciones de desequilibrio institucional, económico y social, impelidas por malas administraciones, despilfarro en las finanzas, intereses creados, en un embrollo de gobiernos azorados y constreñidos por emergentes o provocados problemas "’insolubles”. Argentina no está exenta, y es por eso que, con mirar equitativo, creemos que está comprometida en un accionar que le da empuje para compaginarse en busca de mayor crecimiento.
Cuando se distorsionan conceptos o hechos, se forman espejismos producto de ese torcimiento: Se ve lo que se quiere ver, y no la realidad de lo que es. Aunque pasado cierto tiempo ya, hagamos revisión del acto oficial del 25 de mayo último, al que la actitud opositora señaló como "’exhibición política que dejó de lado la intención de honrar a la patria”. Sobre esto -tomados un extremo al otro- digamos que se honra a la patria desde los "’buenos días” dados cordialmente, hasta el ardoroso grito de "’viva la patria”, cuando proviene de un corazón henchido de telurismo en amor a su terruño, a su país natal.
Quienes protagonizaron aquel suceso, o quienes lo vieron a través de la imagen, tuvieron la viva impresión de una apabullante multitud de diversa confluencia social, con total ánimo unitivo y cabal -verdadera fiesta en familia-, donde miles y miles de ciudadanos -en expresión nunca vista ni imaginada- rompieron en paz los lindes de su euforia, convirtiendo el hecho en proyección "’tridimensional” de júbilo, respeto y concordia.
Esa visión de un civismo esplendente, fue así porque así se hizo sentir. Como todo suceso de vida, se produjo, fue, existió; pero mas allá de su contingencia material -y en quienes supieron vislumbrar- dejó una impronta moral en el sentir argentino. Si allí no estuvo presente la patria, ¿dónde más pudo estar?
(*) Escritor.
