Cada vez que en una iglesia o en un templo religioso se produce una profanación, las pérdidas económicas no son tan valiosas como el daño moral que se comete. Se trata de un atentado contra la fe de las personas, en un intento por perjudicarlas hiriendo lo más profundo de su ser.
El robo de una imagen de la Virgen de Guadalupe perpetrado el domingo último en la Parroquia de Zonda, es una muestra de como el mal se ensaña con una comunidad religiosa a la que se la pretende atacar quitándole sus íconos más simbólicos.
Lo curioso del caso es que se trata de la misma parroquia donde en agosto último fue sustraído un cáliz con hostias consagradas, uno de los símbolos más sagrados para los católicos, por lo que ellas representan.
En la opinión del cura párroco, el robo de las hostias tuvo una gravedad mayor que el de la imagen de la Virgen, por la posibilidad de que el ‘cuerpo de Cristo” pueda haber sido utilizado en alguna práctica esotérica.
La imagen de la Virgen también tiene su valor intrínseco, especialmente porque fue donada por un matrimonio que viajó a México y la trajo con el sólo propósito de que estuviera en el templo para ser venerada por todos los zondinos y creyentes, que habitualmente se acercan a la parroquia.
La crisis de valores que afecta a la sociedad actual está posibilitando este tipo de comportamiento, por lo que habrá que trabajar arduamente en recomponer la actitud de los individuos mediante una acción colectiva, con base educativa, que enseñe a respetar la diferencia de creencias y promueva la libertad de acción en el marco de las buenas costumbres.
