"En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme." Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero: queda limpio." La lepra se le quitó inmediatamente,
y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés" Pero, cuando se fue, empezó a divulgar
el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes (Mc 1,40-45).
Estamos celebrando el sexto domingo del llamado tiempo ferial y leyendo el evangelio según san Marcos. El evangelio de Marcos es el más breve de los 4 evangelios escritos compuesto por 16 capítulos. Ha sido llamado "el evangelio esencial". Escrito en el año 69 d.C de un Marcos intérprete de Pedro. De lenguaje y estilo sencillo. Fue el primer evangelio puesto por escrito gestado en una comunidad de cristianos no judíos.
El relato de hoy ofrece una típica escena de curación de Jesús. Un leproso se le acerca a Jesús y se tira a sus pies suplicándole que lo curé. Utiliza la expresión: "si querés puedes purificarme. El término hebreo para decir lepra es "sarat" (sr), significa: "castigado por Dios". Los antiguos hebreos tenían una noción muy amplia de la lepra: abarcaba diversas afecciones cutáneas o superficiales, tumores, manchas, erupciones y quemaduras, afecciones en el cuero cabelludo, eccemas, calvicie, las cosas amohosadas, el salitre y otras cosas. En la primera lectura del libro del Levítico leemos que quien estaba afectado por la lepra debía llevar la ropa rasgada, los cabellos sueltos, taparse hasta la altura de los bigotes y gritar "impuro, impuro" (13,45). Algunos personajes del Antiguo Testamento padecieron lepra: Moisés, Naaman el sirio y probablemente Job. La lepra era considerada como una enfermedad-pecado y quien la padecía era manchado, era vista como expresión de un castigo divino. Como la lepra es algo tan visible, que causa que el cuerpo se deteriore y corrompa, sirve muy bien como simbolismo espiritual del estado pecaminoso. El pecado que implica vivir en un alejamiento de Dios lleva a la corrupción del espíritu y al deterioro del interior de la persona. Así como la lepra lleva a la expansión progresiva dañando el cuerpo así quien no vive en Dios se va como enfermando de a poco faltándole la salud de Dios. Tener lepra implicaba sufrir un aislamiento social y religioso, no podían andar normalmente como los demás haciendo la vida común ni participar de las celebraciones litúrgicas de Israel, estaban apartados del mundo de los sanos. Está situación los obligaba a vivir desamparados en cuevas y descampados. El libro de Job dice: "la lepra es primogénita de la muerte". En el mundo rabínico curar a un leproso era lo mismo que resucitar a un muerto, cosa que sólo Dios podía hacer. Jesús escucha el pedido y súplica del leproso y lo sana. La curación tiene un doble sentido, no sólo la sanación física sino también el reconociendo de que Jesús es el Hijo de Dios a quien toda dolencia y esclavitud del hombre puede ser sanada sólo por él.
El acto médico-sanador de Jesús es proponer a los hombres que crean que el es Dios llegado al mundo. Jesús le dice que se presente al sacerdote para que conste oficialmente la sanación, ser declarados limpios y reinstalarse en sus hogares y en la sociedad, según las prescripciones del Levítico (13). Jesús vino al mundo para abrir a los hombres un auténtico camino de esperanza, donde el dolor y el sufrimiento no clausuren la felicidad sino al contrario ser resumidas por el amor de Cristo que nos viene a sanar. El papá Francisco comentando esté pasaje nos dice: "este evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a dar una lección sobre el dolor, no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; más bien viene a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirnos hasta sus últimas consecuencias para liberarnos de modo radical y definitivo. Así, Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.
