Desde la anterior administración de Inacio Lula da Silva, sin embargo, la intención del país, como en el fútbol, es convertirse en un jugador de peso en el contexto internacional. De ahí que insista en ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, participar en todos los grupos de gobiernos desarrollados e influir en cada conflicto regional.
Por su bien manejada economía, traducida en una drástica caída de la pobreza y la extensión de la clase media, así como por su capacidad energética, Brasil es y será potencia económica. Pero esas fortalezas, ¿lo convierten en el país líder al que todos quisieran imitar? La ecuación no es simple. El buen liderazgo trae consigo responsabilidades y Brasil todavía no termina de asumirlas. China vale como ejemplo. Acaba de desplazar a Japón como la segunda fuerza económica del planeta, pero por sus sistemáticas violaciones a los derechos humanos está muy lejos de ser el país ideal.
El desafío más acuciante para Brasil sigue siendo la corrupción, ubicado en el puesto 73 de 180 países del Índice de Percepción de la Corrupción según Transparencia Internacional. Un paso al frente fue la renuncia, por enriquecimiento ilícito, de Antonio Palocci, el ministro y hombre más fuerte del gobierno de Dilma Rousseff. El soborno, el tráfico de influencias y el enriquecimiento ilícito están institucionalizados. Lo demuestran los ejemplos de los ex presidentes Collor de Melo y José Sarney, de muchos diputados y senadores, a quienes no se exige declaración jurada de bienes y se les permite negocios paralelos, y de muchos gobernadores y alcaldes que regentean sus regiones como caudillos, manipulando a las policías y con la complacencia de una justicia poco independiente.
La corrupción engendra problemas sociales graves. Es responsable del trabajo esclavo en minas y en el campo, y de la deforestación del Amazonas para la agricultura ilegal y el contrabando de madera. La deforestación se multiplicó por seis desde 2010 y en los últimos dos años, se talaron más de 6500 kilómetros cuadrados de bosque. Las mafias que operan en las tierras acaban de asesinar a cuatro activistas que luchaban contra de la tala ilegal, de un total de 125 amenazados de muerte, según la Comisión Pastoral de la Tierra.
La violencia y las muertes siguen en la impunidad. Escuadrones de la muerte en el Estado de Sao Paulo cobraron 23 vidas y también en 2010, en Río de Janeiro, la policía fue responsable de la muerte de 505 personas. Mientras tanto, en el interior del país, siguen siendo comunes las violaciones a los derechos humanos, desde asesinatos contra periodistas hasta restricciones a la libertad de expresión.
Para liderar, más allá de ser potencia económica, la presidenta Rousseff necesitará combatir esos males con la misma determinación que ha enfocado su lucha contra la pobreza con "Brasil sin miseria”. Un programa que invertirá 12.000 millones de dólares, hasta 2014, para derrotar la situación paupérrima de 16 millones de personas que sobreviven con menos de 43 dólares al mes, en un país donde un 1% de la población controla el 46% de las tierras cultivables.
Si a ello le suma remedios y acciones sobre cómo combatir la corrupción, respetar los derechos humanos y cuidar del Amazonas como una reserva de la humanidad, Brasil, recién ahí, podrá graduarse de líder mundial.
