Isabel Segovia esperaba otro desenlace. Desde su dolor de madre, quería un castigo más duro para los acusados de matar a su único hijo Rodrigo (16) en medio de una pelea barrial en la que fue superado en número y en la que hasta se blandieron hachas.

Rodrigo murió acuchillado la madrugada del 5 de diciembre de 2009 en inmediaciones del cruce de Caseros y Colombia, en Concepción, Capital, porque en aquella trifulca por viejos rencores, fue desigual: Rodrigo y sus amigos se defendieron a mano limpia; los rivales usaron armas blancas. Ayer, los jueces Ricardo Alfredo Conte Grand, Eugenio Barbera y Héctor Fili (Sala III, Cámara Penal) consideraron que ese hecho configuró el delito de homicidio simple, como lo entendió también el fiscal José Eduardo Mallea, pero en lugar de aplicar los 11 años que pidió el fiscal condenaron a 9 años de prisión a los dos únicos detenidos por el caso: Juan José Aballay (24) y Darío Gómez (24).

Además, los magistrados declararon penalmente responsables a otros tres jóvenes que eran menores al momento del crimen: dos hermanos de apellido Vedia y un hermano de Gómez. Y ahora será un juez de menores quien resuelva si los condenará como a un mayor, si les aplica la escala penal en grado de tentativa o si los absuelve.

‘Estoy indignada, no puede ser lo que les han dado, con las leyes que hay ahora en 2 años están otra vez en la calle, y no tienen que salir porque tienen la mente asesina, no sirven para vivir en sociedad. Yo quisiera saber si les hubieran matado un pariente a ellos haber si daban 9 años‘, dijo Isabel, con bronca tras el fallo.

‘¿Y a los que eran menores, qué les van a dar?, la justicia para mí no existe, no hay justicia… mi hijo era una buena persona, pregúntele al que quiera en el barrio. Merecía vivir y no morir masacrado y torturado como hicieron con él‘, criticó Isabel, que ahora analizará con sus abogados (habían pedido reclusión perpetua) si pedirán o no la revisión del fallo en la Corte de Justicia.

Los condenados por el crimen y otros jóvenes mantenían diferencias con el grupo que integraba Rodrigo. Pero la madrugada del 5 de diciembre de 2009 el conflicto empeoró a niveles letales.

Después de insultos cruzados, Rodrigo quedó del lado rival, porque conocía a Juan José Aballay de jugar al ping pong. Hablaron, lo empujaron, reaccionó, fue rodeado por sus atacantes y fue su fin. Ahí un chico de 15 años le asestó tres puntazos con la cortapluma que le prestó otro menor (ambos inimputables) y llegó vivo al hospital en un patrullero, pero su suerte estaba echada.