La creencia de que los niños eran "hijos del pecado y de la carne", seres perversos a los que había que corregir mediante el rigor y el castigo, predominaba allá por los siglos III y IV de nuestra era. En la Alta Edad Media (ss. VII a XI, aprox.), en el estrato del vulgo, en el mundo de las tribus judías, y alcanzando la esfera cristiana, a los niños seguía teniéndoselos como "herramientas", como siervos, ayudantes para lo que fuere necesario, peones, pastores, etc., de poca o ninguna estimación; pero por otro lado estaban los hijos de los señores feudales, que, en contraposición, podían ser herederos del poder.
Durante varios siglos los chicos fueron tratados evidentemente mal; cientos de años para que dejaran de ser vistos como minúsculos esclavos, o, en el mejor de los casos, como "adultos en miniatura". A fin de cuentas, en ese largo ínterin fueron los griegos los que mejor se ocuparon de los niños. Aquellos paganos, adoradores de los dioses del Olimpo, concibieron que habían de formarse hombres libres, sin rémoras, para que fueran saludables e instruidos. En Atenas del siglo XVI los niños aprendían a leer, a escribir, y a ejercitar su cuerpo. En las clases pudientes se les inculcaba aritmética, literatura, ciencia y filosofía. En la paralela Roma de entonces, sólo tenían estudios los chicos de familias acomodadas, con la novedad que algunas niñas, con aquiescencia paterna, eran educadas por preceptores.
Así y todo, a comienzos del siglo XVI, en el orden general de la sociedad, se empieza a percibir un cambio favorable para el asentamiento de actitudes proclives hacia una mejor apreciación, y entendimiento de esos seres llamados niños. La concepción y divulgación de nuevas normas y adelantos atinentes, provino de las élites, y desde allí fue "bajando" hasta el común de la gente, que lentamente asimiló su sentido y alcance.
En la pintura también surgieron muestras de valoración del niño. Se hizo famoso un cuadro del genial Leonardo da Vinci (1452-1519), "La Virgen, el Niño Jesús, y Santa Ana" (museo del Louvre), donde la Abuela (Ana) contempla cómo la Madre (María) juega con su Hijo, que está abrazando un corderito. Antonio Allegri, conocido como "il Correggio" (1489-1534), pintó "Lama donna de San Jerónimo", donde dos mujeres y un varón gozan la tierna presencia de dos niños encantadores.
En ese transcurrir se empieza a pensar que el niño no es bueno ni malo, que la cuestión es cómo encarrilarlo, pero que no debe olvidarse que una oportuna punición ayuda. Recién en el siglo XVIII, Jean Jacques (Juan Jacobo) Rousseau (1712-1778), filósofo suizo en lengua francesa, pedagogo y escritor, dio a luz su idea de que "el niño es bueno por naturaleza; la sociedad es la que puede pervertirlo". La filosofía y la pedagogía ayudarían a comprender que el niño no es un trasto, como se creía, sino un sujeto frágil, pasible de cuidados y encauzamiento, a quien había que proteger en su natural evolución.
Cuando el florecimiento de la burguesía (años 1800), gentes como el escritor Charles Dickens, el economista Karl Henrich Marx, y el teórico socialista Friedrich Engels, hicieron denuncias contra las bajezas, explotación y abusos a que eran sometidos los niños, se tensó la atmósfera, pero recién a mediados del siglo XX el niño es implícitamente reconocido como persona, con derecho a esa identidad, a la dignidad en el trato, y al respeto de su categoría. Para dar ese gran paso fue necesario que sucumbiera la desmesurada familia de entonces (un matrimonio con numerosos allegados) dando paso a la familia moderna (padre, madre, uno a tres hijos), que se preocupó por el cobijo total del niño, haciéndolo realmente humano, en el más ético de los sentidos.
En la infancia se vive una "eternidad", la única que en vida el ser humano puede conocer. El niño es mecido, arrullado, incitado blandamente, siendo el papel de los adultos ayudarlo a compaginar su universo de asombro y candidez, a la vez que ayudarse a sí mismos a mantener las propias añoranzas de lo que alguna vez vivimos siendo párvulos. La magia del ensueño nos posará sobre "el puente de Aviñón", donde "todos bailan y yo también"; haremos la ronda del "arroz con leche, me quiero casar…"; jugaremos al "Antón, Antón pirulero…" ejecutando la mímica de cualquier instrumento, y, muy acá en el tiempo, entonaremos Manuelita vivía en Pehuajó…".
En este ahora compelente, donde todos nos sentimos envueltos en una vorágine existencial, es bueno, alguna vez, volver a experimentar la sensación de ser niños: vivir los ensueños amalgamados con la realidad, mantener esa pura vehemencia alentadora, aquella que engendra la confortante tibieza de sentirse único.
Cuando un adulto mantiene ese "espíritu de niño", es porque lleva dentro suyo una espontánea llaneza, una abierta y franca mirada sin ocultamientos ni sombras. Sentirnos niños siempre no es un desvarío, un capricho o una quimera, es la simple simpleza de lo simple: dejarse llevar por un anhelo, alcanzar el cielo con las manos, zambullirse en su azul, sobrecogerse con sus estrellas, y bailar sobre una nube, para luego convertirse en arco iris, el más bello que jamás se vio.
