Mientras que alumnos que asisten a las escuelas de la ciudad de Buenos Aires siguen manteniendo medidas de fuerza con colegios tomados, los estudiantes que viven en las zonas rurales del país deben hacer un gran esfuerzo para asistir a clase, instruirse y formarse en vistas a un futuro más prometedor.

En Argentina, al hecho de que más de 3.600 escuelas rurales cuentan con un solo docente hay que sumarle el alto grado de ausentismo de los alumnos. Por factores climáticos, por problemas de salud o porque esos mismos chicos tienen que ayudar a sus familias con el trabajo en el campo, el ciclo lectivo no puede completarse la mayoría de las veces. No es un secreto que el sistema educativo del país está presentando cada día más carencias.

A la hora de hacer un balance, es evidente que la educación de los jóvenes de las zonas rurales es la que está más en peligro. Las cifras del Ministerio de Educación de la Nación resultan elocuentes. Las escuelas rurales representan sólo el 10% de la matrícula total del país en educación común; es decir, con exclusión del nivel superior no universitario, y dentro de esa cifra, los que logran terminar el secundario son muy pocos. Como miles de jóvenes y adultos se ven obligados a emigrar a las ciudades y sus alrededores, la falta de educación y formación los excluye automáticamente del mundo laboral, y la precariedad y la marginación los suma a sus filas.

No obstante esta seria realidad, hay un proceso de construcción colectiva impulsado en primer lugar por la Red de Comunidades Rurales, una articulación de ONG con muy pocos años de existencia, pero con gran fuerza y objetivos bien claros. Entre otros logros está la creación de los Mapas de Recursos para el Desarrollo Rural, que gracias al acceso libre y gratuito a través de Internet, busca hacer visibles y ubicar en el territorio nacional tanto los problemas como los recursos humanos y económicos que se pueden y deben aportar para mejorar las condiciones de vida de los chicos en edad escolar y sus familias, la mayoría en situación de extrema pobreza.

El campo está brindando menos oportunidades ante el avance continuo de las poblaciones urbanas. Habrá que empezar a imaginar soluciones: políticas públicas que fortalezcan a las comunidades y les permitan a los chicos estudiar y completar sus estudios, seguir viviendo en el campo y encontrar allí oportunidades reales de trabajo y crecimiento personal.