El conserje de Radio Colón, del gran equipo deportivo, de los radioteatros de Oscar Donaire, de la Pandilla del Tío Melchor, de Lucho Román, del Quito Bustelo, José L. Rocha y tantos talentos, nos entregaba periódicamente la correspondencia que nos llegaba por nuestro programa y que nosotros, adolescentes enamorados de la música, contestábamos puntualmente con gran esfuerzo.

Era maravilloso recibir pedidos de canciones y conceptos afectuosos, sentirse reconocidos en algo que se hace con tanto amor. Llegaban sobres humildes desde lugares muy alejados, hasta desde fuera de la provincia, otras veces cartitas dejadas en la portería y hasta sobres perfumados. Hacía unos días que llegaron más cartas desde Cañada Honda, aquel alejado paraje que sólo conocíamos a través de los relatos de mi abuelo foguista, cuando su tren de carga llegaba hasta esos remotos lugares a construir patria en serio, a unir pueblos casi olvidados, a decirle presente a gente sencilla que esperaba en el andén de viejas estaciones la caricia o la utopía de un mensaje que les diera una oportunidad.

Mi padre nos recordó que había que contestar las cartitas que dos chicas de Cañada Honda habían enviado reiteradamente con conceptos hermosos, que las colocaban entre las más notorias mensajeras. "O mejor -dijo- ¿por qué no nos hacemos un día un viajecito para allá y ustedes las conocen?". ¿Cómo serían las chicas de Cañada Honda? ¿Serían adolescentes o se trataría de gente mayor? Pasaron varios días y el estudio no nos permitía concretar el viaje. Hasta que lo decidimos. Nos montamos al sonoro DKW dos tiempos y partimos. Me parece, fue un día de primavera. En la callecita polvorienta había poca gente. Preguntamos por la familia… (¿cómo se llamaría…?). Es acá enfrente, nos dijo una señora con un pañuelo floreado en la cabeza. Golpeamos y, cuando salió una chica como de unos 25 años, le preguntamos por nuestras dos admiradoras. No era una de ellas. Dijo que se trataba de sus hermanas, y que estaban por volver de la cosecha. Cuando les dijimos quiénes éramos, le brillaron dos luceros en la cara tostada y le afloró algo así como vergüenza, un rubor que se trepó al rostro tranquilo y que la hizo tartamudear.

Cuando llamaba a su madre, llegaron las dos hermanas; delantales de jarilla, pañuelos de flor silvestre al pelo, mansedumbre mezcla de soledad y asombro, y sobre todo vergüenza por el atuendo cosechero. El encuentro es aún inolvidable. Quién pudiera recordar lo poquito que les dijimos y lo poquito que ellas se animaron a musitar. La mañanita agreste se escondió de puro tímida en la placita de Cañada Honda. El camino de vuelta se nos llenó de un silencio viscoso, sentimental, pleno. Una tonada estaba por nacer, enancada en una calandria.