La película de Tarzán dejó sus huellas. Lo que más nos impresionó fue esa casita que con Jane tenían en un enorme árbol al cual trepaban con lianas que conducían hasta la pequeña escalerita de madera del acceso.
Armamos la base (el piso, digamos) con maderas que no recuerdo de dónde sacamos. Luego, las paredes, que sí recuerdo eran de cajones de tomate que conseguimos en el almacén de Doña Vicenta, y viejos cartones que sacamos de la leñera desde donde una vez saltó un pobre gato asustado. Terminada, quedó para nosotros un palacio. Allí comenzamos, en peldaños de sueños, a construir día a día algo así como una prolongación del hogar. Quizá una apelación a la casa propia que alguna vez podríamos y deseábamos tener. Desde su cielo enrejado de ramas y gorriones espantados vimos pasar la vida incipiente montados en esa fantasía conseguida por propias manos. Desde ese mangrullo percibimos, con angustia, acercarse el Zonda amenazador y los recurrentes sismos afincados en esta tierra. Desde su balcón a la inocencia, recuerdo haber leído como deberes del día un libro de lectura de primer grado donde se nos decía que un presidente y su esposa nos amaban. Desde su parapeto a los crepúsculos, muchas veces vimos alejarse triste y casi final la última carretela del sodero y el pañuelo lloroso del sombrío entierro de un amigo del barrio que cayó joven. La Argentina era el granero del mundo, decían los noticieros que difundían los cines de barrio, con una ajada musiquita de fondo que se parecía a una marcha, en salas que muchas veces eran improvisadas en canchas de básquetbol o de fútbol. También nos enteramos en el cine barrial, que Argentina tenía abarrotado el Banco Central con lingotes de oro, y que el "Mono" Gatica había perdido gloria, sueños y arrogancia en su pelea con Alfredo Prada, cuya transmisión escuchó el país por radio El Mundo, Belgrano o Splendid, y que muchos lloraron el derrumbe del ídolo.
La casita del árbol nos acompañó, como pudo, hasta los umbrales de la adolescencia. Un día encontramos en ella un incipiente nido de jilgueros que seguramente se refugiaron allí para ponerle música. Hasta que una infrecuente lluvia sanjuanina abrazada a un ventarrón cayó una tarde como bastonazo a la inocencia. La casita se vino abajo, entre revolcones dolientes de maderas quebradas y trapos heridos. En el suelo fue una sola muerte de calandrias adolescentes, un cielo derribado, un anticipo de una parte de la vida. En el aroma a tierra mojada fueron sucumbiendo uno a uno los ángeles de nuestra fantasía.
