Mientras cada 1 de mayo se convierte, simplemente, en una fecha en rojo en el calendario, aquellas ocho horas finalmente conseguidas, se han esfumado. Hoy se trabaja mucho más tanto en relación de dependencia o libres de patrones y horarios. Así, lo que sobre fines del siglo XIX era una práctica avasallante es hoy un encantamiento sutil.

El trabajo sin horario y sin francos ya no es una imposición; ahora toma a menudo la engañosa forma de elección porque resulta difícil apartarse por un instante de los llamados a celulares, mensajes, correos electrónicos, muros, tweets, en horas de trabajo. Como advierte con lucidez Thomas Moore en su libro "Un trabajo con alma”, hay una opción esencial que consiste en tener un trabajo para la vida o una vida para el trabajo. En el primer caso, se forja el carácter, se enriquece la personalidad, hay una comprensión de lo que se aporta al mundo y a los demás a través del propio quehacer. En el segundo caso, el trabajo, independientemente de lo que se haga, cómo y en qué entorno, se convierte en un medio por el cual se escurren irremediablemente las energías que se quitan a los vínculos o a cualquier otra manifestación valiosa de la propia vida.

Moore acude a recientes estudios acerca de cómo se sienten las personas en relación con su vida laboral, según los cuales hay una insatisfacción manifiesta a pesar de los avances proporcionados por las nuevas tecnologías. Se cree que el trabajo influye negativamente en su vida personal y tienen menos tiempo para dedicar a la familia, amigos, salud, e intereses personales intransferibles. Esa difuminación no se agota en los planos temporal y espacial, sino que se transmite al psíquico y emocional, al punto en que, aún con la ilusión de libertad, de manejar horarios y movimientos, una masa crítica de personas nunca deja de estar en el trabajo. De hecho, el "Burn Out” o síndrome del quemado, pasó a ser una enfermedad laboral en aumento. Es un trastorno emocional provocado por el trabajo y conlleva graves consecuencias físicas y psicológicas cuando el fenómeno se somatiza.

En estos últimos decenios, la capacidad y necesidad transformadora del ser humano deja de encontrar cauces creativos y fecundantes, se vacía de sentido, aunque luzca lucrativa, productiva y exitosa. El trabajo ya no es medio de trascendencia sino un fin en sí mismo.