El sábado pasado fue recordado el Día de la Ingeniería Argentina, en relación a que el 6 de junio de 1870, egresó del Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires el primer Ingeniero Civil de Argentina: Luís Augusto Huergo.

Si bien puede decirse que la tarea específica de un ingeniero es la de resolver necesidades o problemas propios de las actividades cotidianas de distintos actores, no debe ésta limitarse estrictamente a lo que le piden clientes o superiores. Debe además asumir seriamente la responsabilidad social de tener en cuenta el bien común, al resto de la comunidad, contribuyendo a su desarrollo sostenible, respetando valores solidarios y siempre apegados a la ética y la responsabilidad profesional. Aplicando normas y conocimientos, resultan acciones que buscan resolver lo que se pide, pero debe saberse que se puede interferir tanto en el desarrollo como en el retroceso de toda o parte de la sociedad que nos rodea.

Si se minimizan o pasan desapercibidas las obligaciones del ingeniero, es que la ingeniería no termina de identificarse con algo tan trascendente como ocurre con la abogacía (justicia), la medicina (vida), o el mismo periodismo (verdad): la ingeniería surge de la necesidad de bienestar del hombre y acompaña el progreso de la sociedad. Glicksberg nos comenta que AmartyaSen, Premio Nobel Economía 1998, expresó: "Los valores éticos de los empresarios y los profesionales de un país, son parte de sus recursos productivos. Si son a favor de la inversión, la honestidad, el progreso tecnológico y la inclusión social, serán verdaderos activos; si, en cambio, predominan la ganancia rápida y fácil, la corrupción, la falta de escrúpulos, ellas bloquearán el avance". Al ejercer su profesión, el ingeniero irá adaptándose a normas, códigos, usos y costumbres. Habrá situaciones que obligarán a actuar de determinada forma, y que quedarán plasmadas tanto en acciones serias y meritorias como en claudicaciones facilistas y hasta vergonzantes. La valoración personal de esas situaciones marcará la formación ética de cada individuo.

Si bien el papel de la ingeniería es insustituible, no podemos perder de vista la necesidad de generar y mantener empleos dignos. Si bien, aquí uno se introduce en temas políticos, de economía o de administración; no debe negarse la posibilidad como ingenieros, de tener que tomar otras decisiones en esos otros ámbitos. Las diversas lealtades que debe observar el ingeniero en el ejercicio de su profesión conducen muchas veces a dilemas éticos, pero la sociedad necesita profesionales dignos de confianza, sólidos en su formación, comprometidos con el bien común,y con la suficiente autonomía como para no ser complacientes con lo que su conciencia les dicta que está mal. De la práctica de las virtudes se sale con mucha facilidad, pero de las prácticas viciosas es muy difícil cuando estas ya están institucionalizadas. Ningún objetivo, por muy importante que sea, debe conducir a acciones que vayan en contra de la moral y la ética y a adoptar posiciones mezquinas que vayan en detrimento de las más sanas costumbres morales. Obrar éticamente es intelectual y humanamente mucho más enriquecedor y sensible, y profesionalmente mucho más satisfactorio que hacer lo contrario.

En este mundo con limitaciones económicas, pero caracterizado en parte por competencias desmedidas, por el afán de lucro y del consumo, los profesionales pueden caer bajo presiones de todo tipo. Esto va logrando que se desdibuje la barrera entre lo correcto y lo incorrecto, y a no importar si se menoscaban el honor, la integridad, la dignidad, el respeto, la ecuanimidad y demás atributos propios del ejercicio cabal de la profesión.

Valerse de la ventaja del desempeño de un cargo para competir deslealmente con otros profesionales, es un acto contrario a la ética profesional, como lo es para los profesionales que soliciten, promuevan o convaliden que otros, en su favor, o "compartiendo honorarios", procedan con prácticas corruptas.Tenemos una responsabilidad social, que éticamente nos obliga a actuar congruentemente con nuestra profesión. Se impone devolver a la sociedad algo de lo que recibimos con el título y con el prestigio social que nos acompañará toda la vida. Lo contrario es nivelar para abajo, es desprestigiar la profesión.

La responsabilidad profesional es también nuestra obligación moral de cumplir cabalmente con nuestros cargos o tareas, y no tenemos porqué negarnos a que se nos audite, controle o supervise, sobre todo cuando el tema de fondo conlleva algún tipo de riesgo, y cuando hay pruebas suficientes que alguna vez nos equivocamos, pues en el fondo, somos humanos.