El tribunal de la Sala III de la Cámara Penal condenó a 8 años de cárcel a un joven de 21 años, por violar en 2011 a su hermana por parte de padre cuando tenía 8 años, dijeron fuentes judiciales.
El problema estalló la tarde del 27 de septiembre de 2011, en la vivienda de Capital, ocupada por el condenado y su familia. Aquella vez, la dueña de casa salió en busca de su hija al no encontrarla en el comedor. Y fue su rastrillaje por el resto de la casa cuando se la topó refregándose la espalda contra la pared, enrojecida, transpirada y con la ropa desacomodada.
‘El J. me invitó a la pieza a escuchar música’, fue la explicación que la nena, nerviosa, intentó darle a su mamá cuando le preguntaron dónde y qué había estado haciendo. Y como la mujer adivinó una mentira en esa respuesta, se llevó a su hija a otro lugar para hablar a solas mientras notaba que el medio hermano de la niña, J.G.L. (no se lo identifica para preservar a la menor) se iba rápidamente de la casa.
Fue en esa charla íntima entre madre e hija que la pequeña confesó que, en realidad, ese joven medio hermano suyo, muy querido por todos en la casa, la había manoseado y la había ultrajado sexualmente. Una rápida consulta con el médico sirvió para constatar los dichos de la nena, pero la situación se tornó más desgarradora cuando, luego, la pequeña les contó a sus padres que era por lo menos la cuarta vez que sufría ese tipo de abusos sexuales.
La entrevista con psicólogos reveló el daño psíquico causado por las maniobras sexuales en la menor. Y los mensajes de texto que el sospechoso envió por teléfono los tres días siguientes a su padre, pidiéndole perdón y admitiendo su responsabilidad, fueron pruebas incontrastables de que la existencia de los abusos.
Esos mensajes fueron transcriptos ante un escribano público por parte de los padres de la víctima. Y se convirtieron en una de las evidencias claves para que ese joven fuera procesado, a pesar de que al ser indagado negó los hechos o trató de tergiversarlos, al decir que aquella tarde la nena había entrado a su habitación sólo a pedir un cigarrillo, enviada por su madre.
Al llegar a juicio y acorralado por la evidencia, J.G.L. optó a través de su defensor oficial, Mario Vega, llegar a un acuerdo de debate abreviado con la fiscal de Cámara Leticia Ferrón de Rago, en el que admitía su responsabilidad y aceptaba una pena de 8 años de cárcel.
Ese acuerdo llegó a los jueces Eugenio Barbera, Eduardo Gil y Ricardo Alfredo Conte Grand (Sala III, Cámara Penal) quienes resolvieron aceptarlo y al final aplicaron el mismo castigo propuesto por las partes.
