Amigos en la lucidez. Invariablemente rivales cuando se embriagaban y al menos uno de ellos se drogaba. Así resumió Eduardo Javier Molina (26) la extraña relación con su vecino de siempre en Albardón, Alejandro Javier González. Con un condimento distintivo: en cada desencuentro, González salía ganador porque era mayor (le llevaba 6 años) y mayor también era su estructura física: ‘siempre peleábamos y cada vez que se nos pasaba la borrachera volvíamos a estar juntos, nada más que uno con el ojo negro y el otro no‘, había relatado Molina hace una semana ante el juez, entre lágrimas, cuando confesó haber ultimado de dos puntazos a González en la enésima pelea que protagonizaron la noche del 12 de setiembre de 2010 detrás del cementerio de Albardón. ‘Me sentía humillado, me tenía cansado, esa noche estaba curado (ebrio) y drogado… no supe controlar mis nervios‘, se justificó.
Ayer, el juez Ricardo Alfredo Conte Grand (Sala III, Cámara Penal) cerró un capítulo en la traumática historia de Molina, condenándolo a 8 años de cárcel, la misma pena que pidió el fiscal José Eduardo Mallea, junto con un ‘riguroso tratamiento para curarlo definitivamente de su adicción a las drogas‘. A ese pedido adhirió el defensor Fernando Bonomo. Y en trazos generales también adhirió el defensor oficial que representó a la familia de la víctima, Mario Vega, aunque este pidió una pena mayor: 10 años.
González era changarín, tenía 30 años y era uno de siete hermanos. Molina tiene una hija, su pareja embarazada y es hijo de un vendedor de flores que vive detrás del cementerio de Albardón. Allí se convirtió en homicida la noche que se embriagaba con dos amigos hasta que llegó González. Esa vez hubo discusión, escaramuzas y un cabezazo de la víctima en la boca de Molina, hasta que fueron separados y se disolvió la juntada. González quedó ahí a la espera de que su hermana le acercara un envase de cerveza. Molina volvió de su casa con un cuchillo y asestó dos puntazos a su rival cuando este se le vino encima. Molina vio lágrimas en González, que cayó sin vuelta porque uno de los puntazos le había dado en la zona del corazón.
