Eran casi las 8.30 hora local cuando los alumnos se aprestaban a desarrollar otro día normal de clases en la escuela municipal Tasso da Silveira, situada en Realengo, un populoso barrio en las afueras de Río de Janeiro.

Nadie podía imaginarse que segundos más tarde, un ex alumno del colegio, aparentemente desequilibrado, irrumpiría a lo tiros en el séptimo grado dejando a su paso un reguero de sangre que terminó con la matanza de 11 chicos y con la vida del propio asesino que se suicidó cuando se vio acorralado por la policía.

Fue un raid de pocos metros entre el primer piso, donde ocurrió la tragedia y el tercero donde el victimario acabó con su vida.

El pánico se apoderó de los más de 400 estudiantes del plantel de la mañana y entre cientos de vecinos que se agolparon frente al lugar en busca de noticias de sus hijos.

Muchos padres de familia entraron en estado de choque al constatar que sus hijos estaban entre los muertos o heridos mientras los bomberos corrían contra el tiempo para trasladar a las víctimas en ambulancias o helicópteros a los hospitales.

La masacre conmocionó a Brasil, un país que pese a los altos índices de asesinatos y violencia en sus ciudades no había sido escenario nunca de una tragedia de este tipo lo que provocó el "repudio" de la presidenta Dilma Rousseff.

Las víctimas mortales son diez niñas y un niño de entre 12 y 14 años de edad, la mayoría de las cuales fue alcanzada por impactos de bala en la cabeza y en el tórax, según la Secretaría de Salud.

Otros 13 estudiantes que resultaron heridos fueron ingresados en distintos hospitales de la zona y, según los médicos, cuatro de ellos están en estado grave.

Una vez los heridos fueron socorridos por los bomberos la conmoción se trasladó a los hospitales del sector, especialmente al Albert Schwitzer, el más cercano al lugar de los hechos, donde durante toda la mañana se vivieron escenas desgarradoras de familiares que se abrazaban unos con otros al saber la magnitud de la tragedia.

La versión policial indicó que Menezes utilizó dos revólveres en el ataque, uno calibre 22 y otro calibre 38, a los que llegó a recargar varias veces, y se mató con un tiro en la cabeza después de haber sido baleado por un policía en una pierna.

Todo comenzó cuando Wellington Menezes de Oliveira, de 23 años, irrumpió en la escuela simulando ser un conferencista. Como lo reconocieron como ex alumno no despertó sospechas.

Según las primeras versiones, el homicida entró al centro educativo asegurando que iba a participar en un seminario que estaba previsto en el centro educativo.

El homicida, que llegó a la escuela bien vestido, subió hasta el tercer piso de la escuela y comenzó a disparar con las dos armas contra los escolares que estaban en las salas y contra docentes y administrativos que salían a su paso.

En medio de la conmoción, los docentes para evitar que otros alumnos fuesen alcanzados por el agresor, trabaron las puertas de aulas y salones y bloquearon los accesos con bancos y escritorios.

Según la oficina de prensa de la policía, el atacante tenía una carta de despedida por lo que creen que estaba determinado a suicidarse después de perpetrar masacre.

Oliveira, que según un antiguo patrón suyo era una persona "introvertida y calmada", dejó una nota de suicidio en la que hizo referencias al islám y dijo que estaba infectado por el virus del sida, según la policía.

Hasta ahora las autoridades no han dado una explicación sobre los motivos que llevaron a Oliveira a perpetrar la matanza, pero todo indica que, más allá de las referencias al islám, se trató de la acción de un desequilibrado, según psicólogos consultados por medios locales.

La presidenta Dilma Rousseff estuvo a punto de romper en llanto al pedir un minuto de silencio por las víctimas en un acto con jóvenes emprendedores en Brasilia en el que manifestó su "repudio" a este asesinato de "niños inocentes".