La Organización de las Naciones Unidas sigue atentamente las previsiones del crecimiento económico mundial porque es la base de la Agenda para el Desarrollo Sustentable, lanzada este año, y estará vigente hasta 2030. La implementación del programa global es un verdadero desafío para alcanzar mejores condiciones de vida, incluido el medio ambiente, si se dispone de los recursos económicos para lograrlo.
La ONU acaba de publicar el último monitoreo con la actualización de una baja previsión del crecimiento económico para este año, estimado en un 2,4%, similar al índice con que cerró 2015, y calificó de mediocre estos niveles en términos generales.

En la revisión han influido correcciones en las tasas de crecimiento de Latinoamérica, entre otras regiones, donde las políticas de ajuste han exacerbado los efectos de impactos adversos en la marcha económica.
A ello se sumó la caída de los precios internacionales de las materias primas, desde octubre pasado, y los efectos de la severa sequía en las regiones castigadas por el fenómeno meteorológico de El Niño, con drástica disminución de la producción agrícola. Como consecuencia de este freno del crecimiento, hubo alzas en los precios de los alimentos en África, Asia y América latina, generando inflación y obligando a muchos países a aplicar políticas de ajuste.

Existen casos particulares preocupantes por la incidencia de naciones emergentes como Brasil, la primera economía latinoamericana, y Rusia, con recesiones más largas y profundas de lo previsto. Más allá de los problemas de Dilma Rousseff, el caso brasileño apunta a una caída de la actividad económica del 3,4% este año, según el informe.