Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le respondieron: ‘Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.” ‘Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro, tomando la palabra, respondió: ‘Tú eres el Mesías de Dios.” Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. ‘El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.” Después dijo a todos: ‘El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.” (Lc 9,18-24).
En Lucas, la confesión de Pedro va unida a un momento de oración. El evangelista comienza el relato de la historia con una paradoja intencionada: ‘Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos” (9,18). Los discípulos quedan incluidos en ese ‘estar solo”, en su reservadísimo estar con el Padre. Se les concede verlo como Aquel que habla con el Padre cara a cara, de tú a tú. Pueden verlo en la intimidad de su ser Hijo, en ese punto del que provienen todas sus palabras, sus acciones, y su autoridad. Ellos pueden ver lo que la ‘gente” no ve, y esta visión les permite tener un conocimiento que va más allá de la ‘opinión” de la ‘gente”. De esta forma de ver a Jesús se deriva su fe. Sin oración no hay autentica confesión.
Los tres evangelios sinópticos coinciden en afirmar que, según la gente, Jesús era Juan el Bautista, o Elías o uno de los profetas que había resucitado. Todas estas opiniones tienen algo en común: sitúan a Jesús en la categoría de los profetas. En todos los nombres que se mencionan para explicar la figura de Jesús se refleja de algún modo la dimensión escatológica, la expectativa de un cambio que puede ir acompañada de esperanza.
Mientras Elías personifica más bien la esperanza en la restauración de Israel, Jeremías es una figura de pasión, que anuncia el fracaso de la forma de la Alianza hasta entonces vigente y del santuario, y que era, por así decirlo, la garantía concreta de la Alianza; no obstante, es también portador de la promesa de una Nueva Alianza que surgirá después de la caída. Jeremías, en su padecimiento, en su desaparición en la oscuridad de la contradicción, es portador vivo de ese doble destino de caída y de renovación. Todas estas opiniones no es que sean erróneas; pero no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús ni a su novedad. Se aproximan a él desde el pasado, o desde lo que generalmente ocurre y es posible; no desde sí mismo, ni desde su ser único, que impide el que se le pueda incluir en cualquier otra categoría. A la opinión de la gente se contrapone el conocimiento de los discípulos, manifestado en la confesión de fe. Según san Lucas, Pedro lo llama ‘el Cristo, el Ungido de Dios”. Se trata del primer auténtico reconocimiento, según los evangelios, de la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. ¡El primer acto público de fe en Cristo de la historia! El sondeo de Jesús, como hemos visto, se desarrolla en dos tiempos, comporta dos preguntas fundamentales: primero, ‘Quién dice la gente que soy yo?’; segundo, ‘¿Quién dicen ustedes que soy yo? Jesús no parece dar mucha importancia a lo que la gente piensa de él; le interesa saber qué piensan sus discípulos. Ahora todo es igual que al inicio: Jesús no busca personas que lo aclamen; quiere personas que lo sigan. En ese seguimiento va incluida la cruz, pero que encierra resurrección.
El discipulado no se mide por las palabras que se pronuncian sino por los gestos que se viven. Pasar de ser creyentes a ser creíbles: he ahí el desafío. Detenido en 1975 por su condición de obispo y encarcelado durante 13 años en una cárcel de Vietnam, nueve de ellos en completo aislamiento, en el año 2000 Juan Pablo II encargó a monseñor Van Thuan predicar los ejercicios espirituales de Cuaresma ante la curia vaticana. Al comienzo de los mismos, monseñor Van Thuan relató cómo a pesar de las duras condiciones de su prisión, su esperanza inquebrantable en Jesús despierta la admiración e incomprensión de sus compañeros de prisión y guardianes. Mientras estaba en la prisión decía: ‘Viendo la inutilidad práctica de mi vida pensaba en Jesús en la cruz: también El estaba inmovilizado y no podía hacer lo que hizo en su vida pública y, sin embargo, desde allí hizo lo más grande, redimirnos a los pecadores. Jesús no inventó la cruz sino el coraje para asumirla”.
