El mundo vive desde fines de 2007 una crisis económica y financiera que ha sumido a la humanidad en una marea de incertidumbre.
Razones para recordarla van desde su corte de cintas con la caída de gigantes financieros como Lehman Brothers hasta la posterior caída de países europeos desarrollados que supieron ser el sueño de muchos habitantes del "tercer mundo". Todos danzando al son de las calificadoras que bajaban el pulgar con cuestionable seriedad, aunque anteriormente se lo hubieran subido a activos como las "hipotecas basura", que desataron la versión americana del crack.
Un aspecto que resulta curioso es la circularidad de la crisis. Su contagio se fue expandiendo en sentido antihorario en el mapa, comenzando por los EEUU, siguiendo por la eurozona y ahora goteando sus efectos a economías emergentes. Hoy los estados europeos aún luchan a capa y espada, con medidas que podrían considerarse como nafta para el fuego.
Probablemente la extrema interdependencia de los mercados financieros que la globalización dejó como consecuencia haga difícil la salida de esta crisis. Existe una dependencia transversal y otra vertical. La transversal es el resultado de la inversión de las entidades financieras en todos los países del mundo, muchas veces de forma irresponsable y sin regulación, que finalmente no demostró sostenibilidad ante el terremoto económico.
Pero la crisis probó que la dependencia vertical Estado-Sector Financiero-Industria es mayor de lo que se pensaba. Lo que en 2008 se interpretaba como un crack financiero, hoy genera hordas de desempleados. Colisionaron tres modelos que convivieron en conjunto y esto forzó, al menos, a repensar el modo de hacer convivir al modelo de Estado benefactor, el capitalismo bancario y la industrialización.
Mientras que la ambición del capitalismo financiero llevó a la negligencia a la hora de invertir, los estados europeos hallaron una fortuna detrás de la llegada del euro, proveniente de grandes cantidades de dinero fresco que desembarcaba en sus desdibujadas fronteras económicas para invertir en lo que sería un nuevo modelo mundial.
Por supuesto que los gobiernos pensaron cómo aprovechar esta enorme llegada de fondos. Llegó la era del excesivo gasto, sumado a escasas políticas de control, aumento de corrupción y progresivo endeudamiento.
Los estados gastaron mucho y los bancos prestaron mucho. Cuando los bancos comenzaron a descapitalizarse, salieron a suplicar ayuda a los estados, ya bastante endeudados. Y no ayudarlos con la interdependencia generada, sería quizá un suicidio para el sistema tal como lo conocemos.
La ayuda estatal llegó, y espolvoreó todo lo que quedaba en las arcas nacionales, para salvar a aquellas entidades que actuaron desmedidamente. Con el capitalismo financiero y el Estado benefactor hundidos, se arrastró a la tercera pata: la industria.
Hoy en día estas economías continúan insistiendo en que el ajuste es la salida a sus problemas para saldar las cuentas, achicando aún más el poder adquisitivo de la gente, ya agobiada por las deudas que dejó la bonanza del pasado. Con esto se sigue avivando la caída de la demanda, con el consiguiente quiebre de más industrias y más desempleo.
La Biblia cuenta cómo un faraón de Egipto tuvo un sueño, que le contó a José (el cual llegó a ser gobernador), y éste con la ayuda de Dios pudo interpretárselo: que su imperio y foco de la economía de aquel entonces, tendría 7 años de "vacas gordas" y luego 7 años de "vacas flacas". Por ello, José aconsejó al Faraón en un modo de proceder contrario al que llevaron a cabo los gobiernos europeos años atrás, alterando decisivamente la economía en la que tenía influencia. La intervino, pero de forma contracíclica: guardó en la bonanza, para fogonoear a la economía nacional con esas reservas en los momentos de ruinas.
Pero no se puede culpar sólo a los gobiernos de que aprovechen demasiado una situación económica favorable. Está en el genoma económico del ser humano. Cuando la gente se ve mejor en sus finanzas personales, gasta más y se endeuda más. Y cuando el ciclo económico llega a su caída, muchas familias se hayan endeudadas, con lo que, en el momento en el que más importa que el consumo se reavive, las personas dejan de consumir para pagar sus engordados resúmenes.
Quizá los gobernantes no tuvieron sueños e intérpretes, pero tuvieron economistas que podían predecir la caída del ciclo con las herramientas económicas disponible.
