La escena transcurrió tiempo atrás en una de las confiterías del centro. Distendidos, un par de operadores de Bolsa y este periodista se disponían a intercambiar figuritas y a disfrutar de un cortado a media mañana. De pronto apareció una figura corpulenta con pinta de hombre de campo y se agregó a la mesa, cosa común gracias a Dios en nuestra costumbre. Directamente, sin preguntar quién era yo aunque supuse que me pudo haber conocido, increpó a los operadores, principalmente a uno de ellos diciendo: ‘Quiero comprar dólares ya, no importa si tengo que pagar 9 pesos’ (que en ese momento era mucho). Uno de mis compañeros de mesa salió al cruce advirtiendo ‘mirá que te van a revisar hasta el último detalle, porque la AFIP ha puesto bajo la mira a todos los que ingresan en esa operatoria’. ’No me importa’ siguió nuestro amigo, ’tengo todo en orden así que no me importa que revisen lo que quieran’. Por aquél entonces todavía estaba en la Secretaría de Comercio Guillermo Moreno y se había llegado al extremo de meter agentes con vestimenta inscripta con la sigla de los recaudadores en varios cafés como para amedrentar a los supuestos actores de transacciones irregulares. Las casas de cambio hacía tiempo que habían cerrado por falta de acción, nadie quería siquiera pasar por su puerta ante el temor de caer en manos de la DGI.
No sé en qué terminó la historia pero a poco andar, como siempre pasa, el tiempo dijo su verdad. El dólar pasó de largo los 9 pesos, los 10, los 11, los 12 y llegó a picar algún tiempo sobre los 16. La tapa de la olla no pudo, como nunca lo hace, resistir la presión compradora una vez que se intentó poner a un artículo un precio por decreto o por el cálculo de algún ilustrado en un escritorio.
Pueden hacerse distintas lecturas luego de la determinación de liberar la tasa de cambio pero es preciso recordar en qué consistió el llamado ‘cepo’ cuyo nombre el gobierno de Cristina se negó a convalidar. La autoridad monetaria por distintas vías, que llegaron hasta a mandar la Policía a la calle a perseguir gente para acuñar la idea venezolana de que los problemas son causados por los especuladores y no por falta de pericia de los administradores, regulaba el flujo de divisas extranjeras tanto en la entrada como en la salida. A la entrada exigiendo un encaje del 30 por ciento durante un año a los inversores para evitar los llamados ‘capitales golondrina’. Desde ya, una forma explícita de admitir que la tasa interna de interés en dólares era muy superior a la media mundial. A la salida, poniendo límites nunca antes experimentados a la compra por personas físicas o jurídicas, comenzando por 2 millones mensuales y terminando por los exiguos 50 mil que rigieron hasta el jueves. Cada vez peor. A partir de esta semana, la compra-venta quedó liberada dentro del sistema que se llama de ‘flotación sucia’ en el cual el Banco Central compra o vende dentro de un spread que cumpla dos objetivos; garantizar la competitividad de las exportaciones y evitar la suba de precios en el mercado interno. Un colega porteño preguntó en la conferencia de prensa del ministro Prat Gay cuál sería el precio estimado, algo que el ministro en ese momento no podía saber y, si lo intuía tampoco debía decir, porque el secreto del éxito de la flotación consiste en que el público y los operadores nunca sepan cómo actuará el Central al día siguiente. La autoridad monetaria debe preservar ese secreto como forma de mantener el equilibrio buscado y tener un azote para castigar de vez en cuando a quienes intenten salir de esos márgenes. Un azote comprando y vendiendo para volver a los díscolos a la disciplina deseada. Es una pulseada cotidiana en la cual el particular debe intuir que el Central siempre tendrá mayor poder de fuego que él si es que decide salir a pelear la calle. Un par de rondas de pérdidas suelen ser muy disciplinadoras. Más que el látigo de la policía es mucho más dolorosa la mordedura del bolsillo.
Una de las principales actividades económicas de las provincias cordilleranas, la minería de metales que requiere grandes inversiones para la exploración a plata perdida, se había visto ahogada por la combinación de retraso cambiario, suba interna de costos a precio de dólar marginal, encajes al ingreso de capitales y hasta aberraciones como la obligación de pago provincial inmobiliario al considerar como reserva yacimientos que no habían terminado de ser descubiertos. Ni hablar de las dificultades para egresar dividendos de las explotaciones. Fue como la tortura del submarino seco, una bolsa que no dejaba respirar y que acortó la vida de minas en funcionamiento y desalentó la búsqueda de más mineral en momentos coincidentes con fuertes bajas de precios internacionales. Las que tuvieron espalda para aguardar a tiempos mejores tendrán ahora condiciones internas normales, como al principio, aunque no se sabe si alcanzarán para compensar las pérdidas ya ocurridas o para revisar decisiones ya tomadas de irse.
Los exportadores de las economías regionales de esta época, como la fruta en fresco, pueden hacer ahora una cuenta totalmente distinta. Les mejoran drásticamente la tasa de cambio de sus ventas, les eliminan totalmente las absurdas retenciones y faltaría ver de qué manera se van reduciendo los tiempos de reintegro de impuestos. Recordemos que se verificaba la injusticia de que el Estado cobraba por anticipado suponiendo precios que a veces no se conseguían y pagaba a veces con un año de tardanza sus obligaciones como el reintegro de IVA. Otro ahogo que, para el caso de la uva, resultó en una disminución a la cuarta parte o menos la cantidad de cajas egresadas y el abandono de los viñedos por otros. El lunes pasado un exministro del área me dijo: ‘Con la eliminación de retenciones no alcanza’, claro, pero ahora con el sinceramiento cambiario es otra cosa, es como un tubo de oxígeno de buena calidad cuando estaba faltando el aire. Otros que tienen más tiempo y margen para calcular su negocio son los paseros, tanto de las ventas de fin de año que corresponden a la cosecha pasada como a la producción del año que viene. En ese sector se redujo a menos de la mitad la cantidad de destinos de salida de los productos. Años de trabajo de seducción a mercados se fueron a la basura.
En principio, la nueva realidad podría también describirse como una gran transferencia de recursos del sector público al privado. Por eso, las medidas no deberían tener efecto negativo en el salario de los trabajadores porque sus empleadores estarán en mejores condiciones económicas que ahora. En cuanto al valor de la moneda extranjera, en el arranque se ha visto que no superó los valores previos de transacción porque como medida complementaria se anunció el encendido de la aspiradora de pesos que son las altas tasas de interés de las colocaciones tanto a plazo como en letras. Es cierto, esas tasas no pueden mantenerse a largo plazo pero en lo inmediato sirven como anclaje de límites al dólar al extraer efectivo de la calle y meterlo en los bancos antes de que vayan a las casas de cambio.
