Viena era indudablemente entre los siglos XVIII y XIX el centro musical de Occidente. Los tres compositores que se abordaron el viernes último, no eran vieneses de nacimiento pero tienen a esta ciudad en común. Beethoven llegó a Viena en 1792 con 22 años, invitado por Haydn, ya por esta época quizá el compositor más célebre de su tiempo. Viena hervía de pianistas de primer orden pero él tenía fama de virtuosísimo, cosa que dejó bien clara en esta Capital de la cual nunca se fue. Uno de sus discípulos, Czerny narra una serie de anécdotas de Beethoven, sobre su increíble memoria y capacidad de descifrar lecturas difíciles. Fue al oficiar de "doblador de las páginas" del maestro -justamente en la interpretación del Concierto Nº 3 para piano, que ejecutó Mariana Garrotti en el Auditorio- que Ignaz Von Seyfred se horrorizó al ver un manuscrito con unos "jeroglíficos egipcios" ininteligibles. La cara de pánico del pobre Seyfried había divertido sobremanera a Beethoven. Este Concierto fue esbozado entre 1799 y 1800 pero escuchado en público años más tarde. Es su primer esfuerzo en ir más allá del ejemplo mozartiano y desarrollar algo que excede el refinamiento exterior y avanza hacia la oratoria dramática. Según Maynard Solomon se convirtió en el modelo aceptado del concierto clásico-romántico de siglo XIX. El Haydn que conoció el joven Beethoven ya volvía de su triunfal experiencia londinense que le abrió las puertas de la fama. Y había nacido una relación "Maestro-discípulo" entre ambos. El concierto del viernes último incluyó una de las "Sinfonías de Londres", la Nº 101. Su segundo movimiento comienza con un "tick-tock" de los fagotes y cuerdas punteadas que le dan su nombre: "El Reloj".
Creo que nadie en la historia de la música -quizá por algún tiempo Vivaldi con sus alumnas del "Ospedale della Pietà" en Venecia- tuvo a su disposición una orquesta propia para componer, ensayar y hasta jugar. Por eso las sinfonías de Haydn son tan sorprendentes" y personales. Y como sabía que era esperado con ansias por el público inglés, imagino por ejemplo su sonrisa ante las caras divertidas del público que lo amaba, mientras les imitaba a un reloj.
Sabidos los enojos, celos y competencias entre artistas, es justo decir que tanto Haydn (mayor) y Beethoven (menor) reconocieron sin disimulo la genialidad de Mozart; y si para Beethoven no implicó ninguna competencia era porque llegó a Viena el año después de su fallecimiento.
Me resulta curioso y divertido que este concierto se iniciara con una obertura mozartiana: "Der Schauspieldirektor", que fue representada junto a varias más en la "Orangerie" (los grandes palacios tenían un infaltable "vivero" con naranjos para que aromatizaran el parque) del Palacio de Schönbrunn en Viena, en ocasión de una fiesta organizada por el Emperador José II para el Gobernador General de los Países Bajos y miembros de la nobleza austríaca.
Había dos escenarios uno a cada extremo de la "Orangerie". Se representaban una obra de teatro de Lessing y partes de una ópera de Paisiello. Las siguientes representaciones incluían, como "ópera italiana", "Prima la musica, poi le parole" con música de Antonio Salieri. Quien haya visto la película "Amadeus" recordará la envidia de Salieri por Mozart. La representación de "ópera alemana" fue justamente "El Empresario" o más exactamente. "El Director Dramático". No me consta que la leyenda forjada en torno a Salieri haya sido así pero en este caso salió muy favorecido; después de todo era el Maestro y Compositor "de Corte" del Emperador.
Pero la "obrita" de Mozart posee un argumento sarcástico e interesante. Franck, el "Director Dramático" asistido por el actor Buff, recibe el permiso para formar una nueva compañía en ¡¡Salzburgo!! Primero se presentan varios actores dramáticos y luego dos sopranos y un tenor. Rivalizan. El pobre Buff, queriendo poner paz exclama "¡Viva la Unidad!". Pero el "vaudeville" final (en el que los miembros de una ópera van alternando los versos de un refrán "moralizante") es una lección que debieran haber aprendido mejor Haydn y Mozart y tantos más: "Seguramente los artistas deben esforzarse por para ser merecedores de reconocimiento; pero es indigno aún de los mejores cantar sus propias alabanzas y ubicarse por encima de los otros" . "Considero ser el espíritu de Unidad la mayor virtud de todas, porque el éxito depende de todos y no de una sola persona". "Que todos den lo mejor de sí, amen igualmente al arte y a la naturaleza y que la audiencia decida quién merece la mayor alabanza". Naturalmente que el concierto era sinfónico, así que no incluía el canto, pero es el espíritu de la obra.
