16 fechas sin victorias, frustraciones, amarguras. Sensaciones que en el mundo de San Martín se habían hecho moneda corriente. Era un momento complicado de la relación gente-equipo pero el fútbol tiene esas cosas que hacen posible lo imposible y en 90’, hubo reconciliación. Del odio al amor incondicional sin escalas. Sin el lleno total que se merecía este partido histórico, el marco que ofreció el Hilario Sánchez fue intenso, visceral. Empezó con el recibimiento más colorido de los últimos partidos en este Torneo Final y empezó a tomar calor a los 120 segundos de partido cuando Osorio abrió el marcador. Después, el éxtasis cuando Luna clavó el golazo para poner el 2-0. Cuando Loustau cobró un penal que no era, aparecieron los reproches y hasta algunos fantasmas que hicieron pensar lo peor con el descuento de Boca, pero San Martín, desde adentro, calmó a todos afuera sentenciando el partido con el 4-1 increíble pero real con el que se terminó el primer tiempo. Ahí, apareció la primera catarata de aplausos. Fue la primera postal de día en el que San Martín se reconcilió con su gente.

En el segundo tiempo, había más. Cuando Penco reventó el palo, llovieron los deseos de que el Motoneta marcara. Increíble, real. Llegaron los dos goles que faltaban y se desató el carnaval retrasado en Concepción. Ole, ole. para allá y por acá. Hasta un par de cantitos xenófobos que obligaron a la detención del partido por un par de minutos, se escaparon. Pero el delirio estaba ya instalado y uno por uno fueron apareciendo los ovacionados: primero, Osorio, después, Penco. Y en el final, el aplauso cerrado de un estadio que necesitaba volver a disfrutar de su San Martín jugando entre los grandes. Fue día de reconciliación y fiesta en el Pueblo Viejo. Como para creer en que no es tarde y que unidos, hay salvación.