Esta restauración democrática lleva más de un cuarto de siglo. Suficiente para establecer un saldo parcial.
Antes que nada, la democracia implica convivencia armónica y solución pacífica de los conflictos. También supone confianza entre la base social y sus representantes. Y, esencialmente, lealtad de éstos al mandato recibido.
Contrastando con esos conceptos básicos, nuestra democracia se ve crecientemente desbordada por la abundancia de los diferendos que, para echar más zozobra, aumentan en virulencia. Empero, más grave, se incrementan los litigios fogoneados desde el propio poder. Así, se desnaturaliza la política hasta lo descabellado. La encargada conceptual y legalmente para dar solución -para apagar incendios- es la que los crea, propaga y aviva.
La disociación de la política -herramienta para el ejercicio de la democracia representativa- con la ciudadanía es sencillamente alarmante. Causa angustia. Porque más allá de las fundadas razones para ese divorcio, lo cierto es que mientras no se restituya esa relación el país no podrá hallar su rumbo y, menos, su proyecto colectivo de vida.
La política es la única capaz de asociarnos en aras del bien común. Todos los intereses sectoriales son legítimos, pero ineptos para dar la orientación general que exige cualquier pueblo. Si la política está inerte, vaciada en su rol, dedicada a autosatisfacerse, el país está en gravísimos problemas. Es lo que sufrimos.
De fidelidad de los representantes mejor no mentar. La Enciclopedia tendría menos volúmenes que la historia de las promesas incumplidas de los últimos 25 años. No quiero ni pensar en cómo se engrosaría ese relato si le agregáramos otros 25 retrospectivos.
De confianza, ¡qué decir!. Si existe algo extraviado, eso es la confianza. Se ha perdido, sin expectativas de hallarla. Es sombrío, porque la desconfianza se despliega y abarca al propio país. Tenemos poca fe en la Argentina como nación o, para decirlo como place al pluralismo, como sociedad. Convengamos que el panorama es complicado.
La política es la encargada de la cosa pública. Esta existe a pesar de nuestros gustos o disgustos. En la vida en común de 40 millones de personas, sí o sí hay espacio público, patrimonio común, decisiones colectivas, rumbos que nos ligan a todos, hasta epidemias que nos amenazan comunitariamente. Hoy esa cosa pública está en manos escasamente idóneas y nada confiables. Esto constituye un drama con independencia de cualquier valoración ideológica. El compromiso de los dirigentes y, por lastimosa extensión, de todos nosotros, el llano, con la cosa pública es frágil, tenue, casi invisible.
La política siempre une, vincula, asocia. Nos tiende a forjar interdependientes. Nos quiere comunidad. Hoy, la política divide, enfrenta, nos confronta, nos convoca a ser dicotómicos -pueblo u oligarquía-, nos hace descender a esta y otras aberraciones y arcaísmos. La política de hoy tiene poco que ver con la que necesitamos.
La política debe suscitar misiones integradoras. Tiene que enamorarnos y estimular acciones comunes. Erradicar la pobreza y educarnos más y mejor son dos programas colectivos que la política tendría que organizar y plasmar. Contrariando ese mandato del sentido común, la política hoy hace negocio con los pobres -a pesar de toda la propaganda oficial de que se ocupa de ellos- y nos está deseducando y, mucho más tenebroso, desocializando.
La política es serenidad, mesura, moderación. Uno puede tener la sangre hirviendo, pero la política templa y retempla. Esa es una de sus principales funciones. Poco que ver con los mensajes que emanan del actual poder. La política tiene que ser vehemente en sus principios y valores, pero extremadamente sobria y austera en su conducta y en el ejemplo que transmite a la sociedad. Dura y tierna simultáneamente. Los excesos y la política deben ser como las paralelas, aunque con el agregado de que ni en el infinito se deben juntar. Obviamente, el delito y la política no pueden convivir.
Los hombres de Estado se han ausentado. Como decía Miguel de Unamuno, "sobra codicia, falta ambición". Acá, la ambición legítima nos impulsaría como nación. En cambio, la codicia personal nos saquea como colectividad.
La política se ha ensimismado, no para reflexionar, sino para autocontentarse y aparejarnos insatisfacciones a los 40 millones. La primera faena es quebrar su cerrazón. Abrir la política es un imperativo.
En este contexto, la Reforma Política -con mayúsculas, conforme la envergadura de su deseable cirugía- es la única vía para desterrar tantos vicios, tan hondos, y recomponer la idea-ideal de una democracia como manda la Constitución.
