La indignante matanza de "Cecil”, el imponente león estrella del Parque Nacional Hwange, de Zimbabue, África, tuvo tanta repercusión mundial que dio lugar a una reunión urgente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para reclamarle a los 139 estados miembros que intensifiquen sus esfuerzos para combatir la caza ilegal y el tráfico de fauna silvestre, según la resolución adoptada el jueves último.

El enorme felino de 13 años de edad, ultimado por el odontólogo estadounidense Walter James Palmer y sus guías africanos, era un animal investigado científicamente por la Universidad de Oxford en Gran Bretaña, por lo que portaba un collar equipado con GPS para monitorear sus movimientos y otros sensores de estudio. El cazador habría pagado para alimentar su "hobbie” cerca de 50.000 dólares a los guías profesionales, principales ideólogos del daño irreparable para saciar el ego del norteamericano que derribó al león con la flecha de una ballesta y luego fue ultimado a balazos desde corta distancia.

La repercusión mediática del caso, además de la protesta formal en el seno de la ONU de parte de la universidad británica que trabajaba en los hábitos del animal, y de la campaña proteccionista que desde hace dos años llevan a cabo en la región Alemania y Gabón, ha generado una condena universal contra la caza ilegal, potenciada en las redes sociales.

Pero en África todos los días mueren alrededor de cien elefantes en manos de cazadores furtivos, para atender un mercado negro que mueve millones de dólares anuales y financia a los movimientos armados. Existe una venta ilegal de cuernos de rinocerontes, de tal valor, que una libra de cuerno es más rentable que una libra de oro en ese mercado. Y el valor de un colmillo de elefante cazado ilegalmente -para aprovechar el marfil- tiene una alta cotización, aunque sea una fracción del valor que un elefante vivo puede darle a la economía africana a través del turismo.

Se suma a esta nefasta depredación de la fauna protegida los tours que promueven las organizaciones marginales ante el interés de coleccionistas ricos, como el odontólogo Palmer, que gastan fortunas para exhibir en sus casas estos trofeos de la insensatez. De allí que las primeras investigaciones se dirigieran a las casas de taxidermistas del país africano donde se embalsaman las presas o "caza de trofeos”, como se denomina a las matanzas. Pero los restos de Cecil ya estaban en EEUU y seguramente los terroristas contaban el dinero.