Mientras el mundo sigue soportando el castigo de las bruscas e intensas alteraciones meteorológicas, con temperaturas extremas en diferentes continentes, la comunidad internacional observa con preocupación el fracaso de la reciente Conferencia Ambiental de Copenhague.

Todas las esperanzas de las organizaciones ecologistas y de las naciones en desarrollo, se estrellaron frente a la realidad manifestada por los países desarrollados, que no pudieron traducir en hechos concretos las buenas intenciones y las inquietudes que habían con convicción, previamente, para contribuir a salvar el planeta. Lo cierto es que la retórica de los líderes de las naciones industrializadas -que son las más contaminantes-, jamás se acercó al compromiso asumido en los discursos de aportar unos 30.000 millones de dólares a un fondo de las Naciones Unidas, para ser destinado a los países emergentes para mitigar el impacto de sus economías en el medio ambiente. Con solo comparar esa cifra, que debía ser distribuida entre este año y 2012, con las enormes ayudas destinadas el año pasado al salvataje empresario, por la crisis financiera global, se tiene una cabal idea del pensamiento político y económico de los gobiernos que deberían tener mayor protagonismo en la preservación del medio.

Lo grave es que estas desinteligencias ponen en riesgo otras metas ambientalistas, y los acuerdos derivados del pisoteado Protocolo de Kyoto, que llevaron a varios gobiernos a dictar políticas en resguardo de los bosques naturales, los cambios en las matrices energéticas y el desarrollo de combustibles ecológicos, entre otras medidas para atenuar las emanaciones y la desforestación que producen el efecto invernadero.