Los argentinos tenemos la tentación de abordar los problemas por sus consecuencias y no por sus causas. Algo parecido ocurre cuando analizamos el flagelo de la drogadicción. Combatir el narcotráfico, legalizar la droga o promover su consumo responsable, aparecen como propuestas que no resuelven las causas. Porque el problema es la droga en sí misma y el narcotráfico es su consecuencia. Porque la legalización regula el consumo, pero no resuelve por qué consumimos y por qué promoviendo el consumo responsable no solucionamos la toxicomanía. Mientras tanto, la droga mata, como dice un conocido slogan.
Veamos los argumentos de algunas de estas propuestas:
1- Regulación legal de las drogas (apoyada en el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas de la ONU/ 2011), a fin de ‘socavar el poder del crimen organizado y salvaguardar la salud”. En esa línea, el profesor español Antonio Escohotado, sostiene que el problema de la adicción es consecuencia y no premisa del régimen legal de la misma.
2. Políticas de reducción de daños, como abordaje de ‘abajo-arriba”, basado en la defensa del usuario de drogas (España, Canadá, Australia) Su objetivo es disminuir los efectos negativos producto del consumo: no se pretende la abstinencia sino promover un consumo responsable.
Ambas posturas dejan un mensaje preocupante: es censurable traficar drogas, pero no consumirlas. En el fondo son una reacción contra políticas basadas en la criminalización del consumidor, pero descuidan lo más importante: bajar el consumo y la demanda. Proponemos cambiar la lógica de la discusión y poner el eje en el análisis de las causas. Para ello es indispensable partir de una visión integral más abarcativa: ¿Alguien puede creer que los jóvenes consumen sustancias tóxicas porque un país penalice las mismas?, ¿tiene lógica reducir el problema al narcotráfico que introduce las sustancias, sin preguntarnos por qué una sociedad quiere consumirlas?.
Las preguntas deben ser otras: ¿por qué los chicos emprenden un viaje a ninguna parte?; ¿por qué sucumben a una cultura del entretenimiento descontrolado y autodestructivo?; ¿tanto les duele el mundo que les dejamos que necesitan evadirse ‘a cualquier costo’? Estos interrogantes nos interpelan allí donde más hiere: en nuestra responsabilidad como adultos y como padres.
Para reducir el consumo y la demanda es necesario analizar los factores desencadenantes de la drogadicción. Comenzamos despejando los datos conocidos: El narcotráfico creció exponencialmente en los últimos años. Se advierte un sostenido aumento en el consumo de sustancias lícitas (alcohol, tabaco), e ilícitas (marihuana, cocaína, LSD, paco, éxtasis, etc.). El consumo de ellas produce dependencia o toxicomanía. El consumo de drogas sintéticas (éxtasis), creció entre los jóvenes fundamentalmente en las capas medias. Mientras que el paco hace estragos entre adolescentes y jóvenes socialmente vulnerables. Las políticas de Estado muestran una preocupante ineficacia y en algunos casos, vínculos de complicidad entre bandas narcos. En materia legal nuestro régimen adolece de normas claras.
Estos datos nos permite arribar a las siguientes conclusiones: 1- El principal problema es la droga en sí misma, su nocividad, y el narcotráfico. 2- Los esfuerzos deben estar puestos en bajar el consumo y no sólo en reducir los daños. 3- La legalización puede aumentar el consumo y ocasionar devastadoras consecuencias. 4- Las estrategias deben apostar a la prevención, y sino contener, recuperar y reinsertar al adicto. El encarcelamiento del consumidor no violento, además de ser una medida inhumana y estigmatizante, tampoco soluciona el problema.
Dicho esto podemos avanzar en el análisis de las causas:
1- El primero de ellos tiene que ver con la cultura vigente: Nuestros chicos son hijos e hijas del pensamiento posmoderno: respiran consumismo y hedonismo por doquier. Al desencanto, se le suma el vacío de sentido y al apego al vuelo bajo. Este contexto no parece ser el mejor escenario para diseñar redes de contención. Por el contrario, el carácter permisivo de la sociedad actual, la falta de ideales y de ejemplos, termina invitando a refugiarse en la droga.
2- Falta de formación en la adquisición de hábitos saludables, autodisciplina, y límites claros. En ese sentido, la crisis de la institución familiar, la confusión de roles de padres-amigos y el silencio moral en las aulas, funcionan como caldo de cultivo. La ausencia de límites les lleva a endiosar la libertad individual, al extremo de terminar esclavizado de aquello que a su parecer los libera.
En definitiva: Urge un sinceramiento sobre nuestra responsabilidad como adultos por el mundo que les hemos heredado, ya que la droga no es sino una manifestación del estado de nuestra sociedad. Ni la legalización del consumo de drogas, ni las iniciativas bien intencionadas sobre reducción de daños, resolverán las causas de la drogadicción ni saldarán nuestra deuda para con nuestros jóvenes.
