Se ha ido Eduardo Galeano. Un guiño dulce le han hecho desde Allá. Él, que buscó con belleza el misterio de la vida y de Dios, accede al zaguán de las cosas definitivas. Seguramente -protegido por ese escudo de nobleza que siempre tuvo para estas cosas- ha de enterarse de algo que buscaba y nosotros aún no conocemos. Y ha de responder al convite con la dignidad de su palabra campanario y lágrima. Por eso, su digno concepto de Dios ante un reportaje de una periodista española, ese Dios que tuteó de chico, luego se le escurriera en los días mayores, y al final encontrara en todo lo bello: "Fui muy creyente cuando era chico, muy místico. Y eso es como la borra en el fondo del vaso del vino, te queda para siempre. No es una cosa que se va; se transfigura, cambia de nombre… ¿Dónde está aquel Dios que tuve de chico y un día se me cayó por un agujerito del bolsillo y nunca más lo encontré? Después supe que lo estaba llamando por otros nombres. Por eso la palabra Dios puede definir a la bella chica que nos trae estos cafés".
Eduardo Galeano, uruguayo auténtico por lo profundo como sencillo, nos fue acomodando el siglo en tentaciones de cielos a veces huidizos y desvelos por la pobreza y la igualdad de oportunidades sociales. Pero siempre dijo las cosas con una postura de ruiseñor, con un ademán agitado de poema y lucha, armado hasta los dientes de belleza. Jamás fue agresivo con sus conceptos, porque -como buen sabio- supo que no tenía cautiva la verdad, que sólo -y nada menos- la buscaba con honestidad. Es así que nos acaricia diciendo: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar".
Desde sus desvelos sociales, tanteó sus instrumentos para la justicia: "Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, ni socializan los medios de producción y de cambio… Pero quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos". Humilde hasta el hueso, y por eso respetable e imprescindible para muchos, genial en sus pensamientos, observó: "No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta".
Condenó el consumismo y el materialismo: "El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso", dijo. Jamás se apartó de su visión positiva del hombre: "Yo creo que fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos…". Esa potencialidad del ser humano para construir su vida al modo de una crónica épica, dibujó en Galeano nada menos que la categoría de un hombre entre nosotros, un ser siempre cercano. Está bien; ha sido llamado a un sitio de la historia y de la ética, pero vuelve, constantemente vuelve con su melodía sensible y prodigiosamente genial. Algo parece haber muerto en el aire de Montevideo; pero no, es que Dios ha convocado a un minuto de silencio para homenajear la belleza.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
