El gobernador Gioja tomó el micrófono, al centro de la pequeña tarima que daba a la sala más pituca del Conte Grand, y dejó que le saliera toda la catarsis de golpe: "¡Encima que nos ganaron anoche, ahora se llevan el poncho… no puede ser!", bramó, para soltar entonces una carcajada y darle un abrazo al periodista uruguayo que acababa de ser beneficiado con el sorteo de uno de los ponchos sanjuaninos. La escena era digna de un show de TV. Quien le hacía de asistente a Gioja era el embajador de Venezuela, Carlos Martínez Mendoza; quienes hacían la hinchada más ruidosa clamando por el premio eran un grupo de periodistas con camiseta de Chile; y los tocados por la fortuna en el sorteo eran colegas argentinos, venezolanos y uruguayos. Lo que iba a ser un agasajo medianamente formal para los periodistas acreditados en la Copa América en San Juan, terminó convirtiéndose en un huracán de latinoamericanismo exaltado y visceral.

Ya la entrada al Centro Cultural Amadeo Conte Grand hacía presagiar la fiesta: afuera rondaba el aroma de los platos marinados y de las empanadas, algo que cerca de las 13.30 producía un efecto mágico. Organizado por el Ministerio de Turismo, adentro había siete stands bautizados con nombres de varietales de vinos sanjuaninos. Cada uno tenía una gigantografía de un paisaje de la provincia y en cada sector se podía degustar, gratis y sin culpa, el maridaje entre un vino local y un plato típico.

En la multitud se podía ver, por ejemplo, al funcionario Daniel Coll intentando conversar con media empanada en la boca. Un poco más allá, al propio Gioja saludando a periodistas del continente, flanqueado por sus ministros de Gobierno y de Infraestructura y el embajador venezolano. A su alrededor, con música de fondo, se fundían las vinotinto de Venezuela con las rojas de Chile, en perfectísima armonía, con los "salú compadre" cruzando de un rincón a otro. Y muchos periodistas, que acusaban no haber desayunado aún a esa hora, se las arreglaban para sostener micrófonos o cámaras en una mano, y un plato servido y la copa en la otra.

Semejante malabarismo valía la pena: a la ronda de Malbec, Bonarda, Syrah, Viognier, Torrontés, Moscatel y Cosecha Tardía, la acompañaban cazuelas calentitas con chivito al vino, brochettes de ternera, carnes a las llamas, conejo al escabeche, humita, fiambres, empanadas y otras excusas ineludibles para recorrer de punta a punta ese sector del salón. Al lado, separado por un par de tabiques, estaba la elegante sala con mesas ratonas y sillones, donde los periodistas de todos los países se sentaban a disfrutar y seguían en vivo el sorteo de los ponchos.

Con los aromas todavía vivos, una hora más tarde la gente comenzó a hacer fila para no irse sin llevarse el regalo, una bolsita con un varietal sanjuanino y una copa de Turismo. Y tanto era el entusiasmo internacional por el souvenir (más el saludo de las promotoras vestidas con calzas y la camiseta de la Selección Argentina), que mientras se armaba la montonera multicultural en la salida, en el otro extremo bailaba, con los cadáveres de las empanadas y las copas vacías como público mudo, una impecable pareja de tango.