Corralón de los Guevara. Matías Zavalla, casi San Isidro, corazón de la antigua "Villa Zavalla”. Los numerosos hermanos Guevara eran carne de este barrio de Desamparados. Por esas cosas del destino, se fueron yendo de a poco del barrio y de la vida, como en fila, uno detrás del otro, dejando un reguero de nostalgias y silencios. Hay gente que podría asegurar que la calle del corralón tiene menos pájaros.

Gente rústica, de trabajo sin aliento. El camioncito fue uno de los imprescindibles elementos para el traslado de leña y materiales propios del corralón. Sirvió una larga vida, hasta que sus huesos dijeron basta, hasta que sus piernas no pudieron deslizar más caminos. Y quedó allí, a la vuelta del corralón, destartalado y triste como gato sin hogar, como perro sin luna. De cuando en cuando los perros de los Guevara iban a saludarlo, como para no olvidar aquel viejo amigo de rezongos y tardecitas, cuando volvía de los desencuentros de la vida con el alma maltratada y la poca esperanza; o cuando alguno de los patrones los convocaba con un escueto ademán que denotaba que había sido un buen día.

Sobre el hombro de el Pocho Guevara (creo que el mayor de los hermanos) un gato negro imperturbable que lo acompañaba en todas las recorridas por el barrio, en bicicleta o el desvencijado carrito donde generalmente el Lulo, un empleado singular, un amigo de la casa, conducía permanentes mañanas de melancolía.

Ha quedado uno solo de los Guevara, con la vieja casa al hombro, con la espalda perforada de recuerdos como espinas, o a veces refugiado en pequeñas rosas de miel como para no sucumbir entre las añoranzas; deambulando entre la leña y el vacío, rejuntando navidades y recomponiendo espejos. Al viejo camioncito hace unos años que no se lo ve en la esquina de San Isidro y Zavalla, donde miraba la puesta del sol, rengo y mustio. Un hueco sonoro donde yace imperturbable su sombra atropellada de retumbos y voces amigas, lo recuerda a la vecindad. Todos sabemos que allí hubo vida, y que ese hilo invisible que une lo que alguna vez fue algo, ha establecido en el lugar vacío una posta de ausencias iluminadas, como para recordarnos que nada es en vano.