Ni bien bien las luces se apagaron, las montañas se desgranaron abruptamente para luego darle paso a relojes ancestrales, a aldeas, a teatros, a la cordillera. Es que, durante poco más de una hora, los cerros de la Quebrada de Zonda le hablaron a la gente y contaron el penoso camino hacia la libertad, plagado de revoluciones, que atravesó Latinoamérica por más de 500 años.
Espectacular y emotivo, lleno de acción y de ritmos pegadizos. Así fue el espectáculo de cierre de la Fiesta Nacional del Sol “Raíces de Libertad. Latinoamérica: La Patria Grande”, que se llevó a cabo anoche en el Autódromo Eduardo Copello. Lo que más asombró a la gente fueron las imponentes proyecciones en 3D sobre las montañas que actuaron de fondo del escenario, llamadas mapping.
Con la satisfacción que la de anoche fue la proyección tridimensional sobre un cerro más grande del planeta, las imágenes sirvieron de contexto para contar una historia de amor tejida entre Lautaro y Amancay. Todo se hiló en un guión impecable, escrito por Juan Pablo Domenech, un colaborador del ganador del Oscar, Juan José Campanella.
Se contó más de 500 años de luchas por la libertad en 10 actos que estuvieron separados por proyecciones de relojes de distintas época, en el cerro que estaba detrás del escenario. Y para darle tiempo a que los utileros reacondicionaran el espacio, una de las actrices locales con más trayectoria, Viviana Moya, interpretó el papel de Paola, que en un principio iba a realizar Paola Barrientos. La charla telefónica de esta mujer, paseándose entre las sillas y sobre el escenario, sirvió para unir un acto con otro.
La historia no tuvo desperdicio. Lautaro y Amancay se separaron de pequeños y protagonizan las revoluciones más importantes de Latinoamérica, tratando de encontrarse. Algo que sucedió al final y cuya historia de amor se selló con un beso. En el transcurso del relato, que estuvo lleno de momentos tensos por la violencia de las historias que se contaban, aparecieron San Martín, Simón Bolívar, Pancho Villa y hasta el Che Guevara.
Tras recorrer siglos de revoluciones, la pareja se reencontró al final, en una Latinoamérica unida y de pie.
Un punto para destacar fue la impecable realización musical. El equipo, encabezado por Lucio Flores, se lució con grabaciones de altísima calidad y arreglos musicales que impactaron desde un comienzo con la actuación en vivo de Alquimia Cuyana. Una versión pegadiza de La Cucaracha para la escena de México y la canción que inmortalizaron Silvio Rodríguez y Víctor Jara, “Hasta siempre Comandante Che Guevara”, para terminar con una versión del tema de Calle 13, “Latinoamérica”. Todo esto hizo que la gente se parara de sus asientos para acompañar con el cuerpo los ritmos latinoamericanos, con abundante percusión y voces que calaron hondo entre quienes estaban en el Autódromo.
Las constantes revoluciones estuvieron al alcance de la mano de la gente, porque este año el escenario tuvo un diseño especial. Tierra, piedras, escalinatas y sillas entre pasillos que se colmaban de artistas todo el tiempo. El público pudo sentir de cerca, los lamentos, los gritos y los cánticos.
Fue la imponente obra de ingeniería para realizar el mapping la que se llevó todos los aplausos. Este año se usó una tecnología parecida a la de la edición anterior, pero en vez de 12 proyectores usaron 24.
