Buenos Aires.- Lo que queda del clan camina hoy entre nosotros como si nada. No llaman la atención, aunque en el pasado supieron hacer temblar al más mentado. Son los Puccio, los de verdad, después de las exitosísimas versiones que vimos en el filme de Pablo Trapero y la miniserie de Sebastián Ortega –ambas multi-premiadas–, y leímos en el libro del periodista Rodolfo Palacios,editado por Planeta.
BUENOS VECINOS
Es media mañana de un viernes como tantos, y un hombre común sale con su hermana de un edificio de San Telmo. Más tarde hace lo mismo la madre de ambos. La señora es Epifanía Angeles Calvo (84), viuda del tristemente célebre Arquímedes –con quien se casó el 5 de octubre de 1957–, el recordado jefe de la banda que en los 80’ aterrorizara a fuerza de secuestros y muertes. Arquímedes había sido condenado a prisión perpetua, pero en 2007 obtuvo la libertad condicional y se recibió de abogado. Falleció el 4 de mayo de 2013 en General Pico, La Pampa, a los 83 años, víctima de un ACV. Como ningún integrante de la familia se hizo cargo del cadáver, fue a parar a una fosa común del cementerio local.
Según comentan los vecinos, Epifanía sale todas las mañanas muy temprano, y más allá de alguna dolencia en la cadera producto de la edad, luce más que saludable. Fue el sostén del grupo familiar cuando vivían felices en la casona de Martín y Omar 544, San Isidro –que terminó convirtiéndose en la casa del horror, donde mantenían ocultos a los raptados–.
Oportunamente dijo desconocer el accionar macabro de su marido, pero igual pasó casi dos años a la sombra en la cárcel de mujeres de Ezeiza. Ahora prefiere no hablar del tema. Por eso, dejó su departamento durante el tiempo en que la historia de su familia arrasaba en entradas vendidas y rating en cine y televisión.
LA REENTRE DE MAGUILA
El caso de Daniel “Maguila” Puccio (54) siempre fue un verdadero enigma. En 1985 regresó de Nueva Zelanda, luego de que su padre lo convenciera a través de una carta muy sentida. Llegó para participar del que fuera el último secuestro del clan, el de la empresaria Nélida Bollini de Prado. Antes habían raptado y asesinado –pese a cobrar el rescate– a Ricardo Manoukian (1982), al ingeniero industrial Eduardo Aulet (1983) y al empresario Emilio Naum (1984). Desde el 23 de agosto de 1985, cuando los integrantes de la banda fueron detenidos, Maguila la pasó en prisión, hasta que en febrero del ’88 salió en libertad por el tiempo transcurrido sin recibir sentencia. Recién en 1998 lo condenaron a 13 años de prisión, pero como estaba en la calle, desapareció definitivamente. Arquímedes, su padre, y Alejandro –Alex o El Zorri para los suyos–, su hermano rugbier, recibieron reclusión perpetua. Luego recuperaron la libertad. Alex murió a causa de una neumonía que padeció en 2008, después de varios intentos de suicidio.
Se cree que Daniel anduvo, además de por Nueva Zelanda, por Brasil, la provincia de San Luis y Mar del Plata. Ahora se recluyó junto a su madre en la ciudad de Buenos Aires. En la historia policial argentina es uno de los pocos casos que logró, en calidad de prófugo, eludir la pena que la Justicia le impuso. La extinción de su sentencia se produjo en agosto de 2011. Dos años más tarde, pasó por los Tribunales a retirar en persona la constancia de extinción de la condena que nunca cumplió.
Maguila vive desde hace un año y medio con su madre. Está desocupado, no tiene pareja, tampoco hijos. Mientras él no residía allí, el hijo de Adriana (45), su hermana, visitaba seguido a su abuela, pero desde que está el tío, no fue más a verla. Adriana adoptó definitivamente el apellido Calvo en lugar de Puccio. Vive y trabaja en un negocio dedicado a la venta de lanchas y motos de agua de la zona de San Fernando. Va seguido a visitar a su mamá, pero todos evitan mostrarse juntos.
Una de las pocas actividades que desarrolla Maguila, a decir de sus vecinos, es salir a caminar casi todas las mañanas muy temprano. Después se guarda hasta que asoman las primeras sombras de la noche. Algunas personas del edificio tienen muy clara la historia de esta familia. Pero otros la ignoran. Daniel nunca habló en público. Sólo se pronunció en una carta fechada el 28 de junio de 1996, dirigida a Nélida Bollini de Prado, que le hizo llegar a través del abogado de la víctima, Héctor Jorge Rodríguez, en la que le pedía disculpas de todas las maneras posibles. Aquí las frases más destacadas:
*’Fue una actitud cobarde, irresponsable y criminal”.
*“Sé que usted sufrió, lo mismo que sus hijos.
*Siento un profundo dolor por lo ocurrido”.
*“A veces no sabemos lo que hacemos. Por eso le vuelvo a pedir perdón”.
*“No fui el ideólogo de los secuestros; participé de manera inconsciente”.
*“Fue muy difícil enfrentar un hecho tan vergonzoso; no tuve el valor”.
HEREDEROS DEL HORROR.
Día a día, el clan se fue deshaciendo. Silvia Inés era una adolescente cuando ocurrieron los hechos. Quería seguir los pasos de su madre. La Justicia siempre sospechó de su participación en los delitos. Pero logró ser absuelta porque nunca se reunieron pruebas contra ella. Formó otra familia y tuvo dos hijos. Jamás pudo perdonar a su padre, y en 2011 falleció a causa del cáncer.
Guillermo es otro de los hermanos menores más misteriosos. El sí presumió que dentro de su casa pasaban cosas extrañas. Y aprovechó un viaje a Australia que hizo con sus compañeros de rugby para no volver nunca más y radicarse allí para siempre.
Guillermo Manoukian, hermano de la primera víctima, sigue insistiendo con que Epifanía no podía desconocer lo que estaba sucediendo en su propio hogar. “Les hacía la comida. Es imposible que habitara ahí e ignorara que había secuestrados en el sótano o en la bañera del primer piso”, repite a quien quiera escucharlo. Viéndola hoy, cualquiera puede creer que fue una abnegada ama de casa que cuidó de sus hijos y su marido, y se desempeñó como profesora de Contabilidad y Matemáticas en la Escuela de Enseñanza Media y Técnica Nº 1 de Martínez y del Colegio María Auxiliadora. Ya anciana, vive a pura sonrisa y simpatía recorriendo los negocios de la zona. Maguila también tiene buena reputación entre los propietarios del edificio donde reside, que cuentan que “aunque es demasiado serio y callado”, se muestra respetuoso.
A menudo, las apariencias engañan. Bien lo podrían afirmar las víctimas de los Puccio. Estos abusaron de la confianza y la agradable relación que habían forjado con ellos para luego secuestrarlos, y en la mayoría de los casos, quitarles la vida.
FUENTE: REVISTA GENTE
