La multitud, que nacía en un semicírculo heterogéneo, se iba apretando hacia adelante, hasta convertirse en un enjambre furioso. Y como un embudo viviente, o como un fuelle en plena acción, apretaba y apretaba hasta que escupía de a una, de a dos, de a tres personas por un espacio de medio metro de ancho, que contenía la presión de más de quinientas que hacían flamear su invitación. Los premiados, entonces, caminaban por la lona amarilla que estaba extendida sobre el pasto recién regado, como si fuera una alfombra roja, rumbo al hall del nuevo hospital Rawson. Pero en ese camino tenían que desembarrarse los zapatos, peinarse, acomodarse abrigos y cinturones, porque llegar hasta allí tenía su precio.
Estaban quienes tenían los cartones grandes de invitación, repartidas en los municipios. También quienes tenían su tarjeta por ser personal del hospital. Y las acreditaciones de prensa. Arriba de las cabezas, el mar de tarjetitas buscaba el privilegio de la entrada. Pero de ahí hacia abajo, todo era un caos. Los custodios no daban más conteniendo las vallas, mientras la gente empujaba con codos y rodillas. Y algunos metían los palos de las banderas y pancartas como calzador. "¡Alguno que dé una mano, por favor!", gritaba un hombre de seguridad cuando veía que el mundo se le venía encima. Pero nadie podía ayudarle: cuatro compañeros suyos cargaban en ese momento a una mujer descompuesta, al borde del desmayo, para sentarla en el suelo y darle agua.
"¡Déjenme entrar, me siento mal!", reclamaba una mujer que ya empezaba a llorar, apretada entre dos hombres que la doblaban en estatura. Y los bombos y la bocina portátil de la movilización en los patios del hospital le daban el toque de desorden total a la escena.
Tanto fue el lío para entrar, que la Policía tuvo que ir a ayudar a los custodios. Casi 20 uniformados hicieron un cordón, separaron a la gente de las vallas y empezaron a esparcir un poco de orden. Fue un momento de respiro para invitados y custodios. Entre ellos, un rubio sobre quien todos aseguran que es el famoso payaso Lunarcito, el de la Peatonal, pero que ayer lucía impecable traje oscuro y escarapela, torcida por la fuerza del embudo.
