Por apreciación natural de la belleza física humana, siempre se habla de la atinente a la mujer, como valoración de sus dotes estéticas. La belleza es una propiedad de las cosas, y el ser humano es una cosa por tener realidad corporal y espiritual. Aún cuando la belleza externa es una puerta de entrada a un mundo de ilusión, en el plano psico-físico induce a consustanciarse con ella en el grado de admiración.
No se puede considerar la belleza cotidiana independientemente de la vestimenta: El hombre se viste de acuerdo a su necesidad, o como un aspecto distintivo de su prestancia; el vestirse en la mujer traduce una acentuación de su femineidad, y lo hace de acuerdo a su talante de tal -voluntad, deseo, gusto, satisfacción-, elementalmente configurada así para sentirse apreciada por la primera impresión que produzca, antes que desde su contenido intelectual latente.
El permanente adelantamiento en la esfera social -devenir humano- es signo de cambios constantes en todos los órdenes de la vida, que presuponen continua inquietud por alcanzar lo que se persigue, antes de quedar en relego. La belleza femenina entra en ello.
Ahora bien,de continuo se presentan casos en que aquel don es mero complemento -presente o no- de su plena personalidad. Es cuando la mujer abraza una vocación más allá de su legitima individualidad, un imperioso empuje hacia algo noble que no entiende de apreciaciones menores. Es un sesgo vivencial que muestra la "otra cara” de la belleza femenil, aquella que cultiva y resplandece en su alma.
Desandando en el tiempo, en los siglos XVII y XVIII la mujer se va pronunciando en pro de una desenvoltura liberadora, y va "corrigiendo" su belleza, consciente del importar de ese su atributo. Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, en Hispanoamérica y en España se vivió un periodo que se le llamó "modernismo” -afición a las cosas modernas con menosprecio de las antiguas-, con voluntad de independencia creadora y configuración de un mundo refinado.
Allí la mujer empezó a "quitarse” demasías en su atuendo, eliminado rigideces y abundancias vestuarias, lo que fue "ablandando” y "ondulando” su visible silueta. Adiós miriñaques, corsés y corseletes, aros metálicos para abultar las faldas, sostenes rigurosos, telas almidonadas hasta la dureza, y otros "regalamientos” femeninos que las hacían vivir asfixiadas.
Con ese "desvestirse” se había iniciado el camino que develo cada vez mas la presencia corporal de la mujer, en una asimilación intuitiva del valor de una despejada fisonomía como manera de cautivar y seducir.
Entrado el siglo XX, la "femme en societé” estaba ya dejando anteriores formalismos estéticos, adaptando las formas a la esencia, evolucionando hacia una presencia totalmente resuelta, que, tras algún altibajo -exceso de delgadez, personificado en Tuiggy, la escuálida modelo inglesa de los pasados años ’70-, ancló en la mujer actual, estereotipo vigente, en cierto modo reflejo espabilado del sin duda pensamiento desinhibido de nuestra sociedad contemporánea, …mucho en la Argentina, tal vez no totalmente en la del mundo.
No sabemos si esta de hoy es la mujer ideal perfecta, pero si sabemos que sus alcances y empujes le atañen exclusivamente, involucrada y con convicciones, esforzada en su ambición de crecimiento, recóndita especuladora con su belleza, hija legítima de la diosa Afrodita, tan hermosa que a su paso nacían las flores.
