Jesús dijo a sus discípulos: "En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre" (Mc 13,24-32).

Durante este año litúrgico, hemos estado escuchando el evangelio más breve y más antiguo, el de san Marcos. Antes de acercarse a la narración de la pasión de Jesús y tras el episodio entrañable del óbolo de la viuda, se nos presentan esas imágenes catastróficas del fin del mundo. Se nos traen unas descripciones que no suenan lejanas a lo que podría significar la caída de un meteorito sobre la tierra: "las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán", o la contracción final del Universo: "El sol se hará tinieblas, la luna no dará resplandor". El mismo tono, podríamos decir catastrofista, se ha recogido en la profecía de Daniel de la primera lectura de hoy: "Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora", una afirmación a la que muchos, especialmente los pesimistas, se apuntarían: hemos avanzado mucho científica y tecnológicamente, pero los problemas del mundo son ahora más graves que en otras épocas.

Nos hemos acostumbrado a leer en clave simbólica los relatos bíblicos sobre la creación. Ya son pocos los que se creen obligados a admitir la creación en siete días o a rechazar el evolucionismo, porque sean incompatibles con los relatos del primer libro de la Biblia: el Génesis. Esas narraciones no nos aportan un conocimiento histórico o científico, sino un mensaje de fe, en el que se nos dice, entre otras cosas, que el mundo es obra de Dios y ha salido de sus manos como algo bueno. De forma similar debe interpretarse el discurso apocalíptico, que no nos habla de las catástrofes del fin del mundo, sino que nos da un mensaje de fe: tanto el principio, como el final de la historia, no son ajenos a la presencia de Dios. El mismo Dios que creó al mundo de la nada, es el que está al final, sea como sea, de la historia de los hombres. Por eso y en contra de las apariencias, el mensaje más importante de las lecturas de hoy no es un contenido catastrofista y pesimista, sino todo lo contrario: es una llamada a la confianza y a la esperanza. También éste es el mensaje central y el clima del discurso del evangelio: aunque desconozcamos "el día y la hora" de ese final de la historia, quedan en pie las palabras de Jesús: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Hay algo en que podemos tener esperanza: que esa palabra de Dios, que se ha mantenido a lo largo de dos mil años, seguirá adelante.

Creo que los ateos y los agnósticos necesitan al igual que los creyentes, la nueva venida del Señor. Nosotros hemos creído por la fe, sin ver; ellos necesitan verle para que su corazón crea. En el fondo, la nueva venida de Jesús es la oportunidad definitiva que ofrece a los hombres para que se dé ese magnífico encuentro entre Dios y los seres humanos. El Señor nos ama tanto que vuelve de nuevo para que lo que había creado no se pierda lejos de su paraíso. La historia del ser humano comienza en un paraíso terrenal y termina en un paraíso celestial. En el primero está Dios que ve la desobediencia del ser humano; en el segundo Dios nos reúne de nuevo para ofrecernos su amor eterno. Son dos momentos de una misma historia: la historia de Dios y de la humanidad redimida. El cristiano es contemporáneamente el hombre del presente y del futuro, de la lucha pacífica y de la esperanza, del compromiso y de la certeza del resultado. Muchos son tentados de encerrarse en el presente, convencidos que es imposible ir más allá. Otros, en cambio, sólo se lanzan al futuro, soñando e ignorando sus compromisos cotidianos. El evangelio de hoy es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la existencia y lo que nos espera: el desembarco final en el misterio eterno de Dios, porque el fin es esperanza.