El cambio climático ya está provocando la muerte anual de unas 315.000 personas, como consecuencia del hambre, las enfermedades y los desastres naturales vinculados a su impacto en la Tierra. Además, los expertos calculan que esta cifra aumentará hasta medio millón de fallecimientos anuales para el año 2030.

Ésta es la preocupante conclusión de un informe presentado por el "Foro Humanitario Global", en Ginebra. Según sus estimaciones, el cambio climático ya afecta de forma grave al bienestar de aproximadamente 325 millones de personas, y se espera que este número se duplique en 20 años, hasta alcanzar a un 10% de la población mundial. Además, las pérdidas económicas vinculadas al cambio climático superan los 125.000 millones de dólares cada año, y es probable que aumente hasta 300.000 millones para en 2030. El cambio del clima se está convirtiendo en el mayor desafío humanitario de nuestro tiempo, y los primeros en ser golpeados como los más afectados son los más pobres y, sin embargo, son los que menos han hecho para provocar el problema.

Las catástrofes naturales son tan antiguas como el mundo. Lo novedoso no es que se produzcan sino en que el hombre contribuya activamente a que tengan lugar. Ese aporte escalofriante al desequilibrio ambiental es el llamado "calentamiento global", designación que esconde el papel inductor del hombre en la multiplicación de las atrocidades que enferman la Tierra. Esto, que de por sí es grave, no es sin embargo, lo peor. Lo más grave es que, sabiéndolo, el hombre no arremeta sin más demora contra la devastación que él mismo provoca. Es que hay una razón que contribuye a explicar por qué el hombre actúa como un depredador implacable. Su afán de poder y riqueza no cede ante ningún límite: lo enceguece y le impide comprender que, como asegura el refrán, lo suyo es pan para hoy y hambre para mañana.

Estamos, en suma, ante un hombre al cual poco le importa la Tierra, salvo su espontánea gratificación. Pareciera que nada le dicen de sí mismo los suelos extenuados, las lluvias torrenciales, los tifones, los calores aplastantes, las nevadas aluvionales fuera de estación con que la naturaleza manifiesta las anomalías que le ha impuesto nuestro tiempo. La subestimación de la magnitud alcanzada por el calentamiento global revela un grave irracionalismo.

Estamos ante un drama lindante con la tragedia, que ya no tiene público y actores, sino únicamente protagonistas. Construir poder a expensas del medio ambiente equivale a trabajar por la barbarie.