Tomó conciencia de que era su cumpleaños cuando vio que él estaba otra vez ahí, con un aleteo manso parado en la rama, esperando el reconocimiento, la caricia, la voz de quien lo llamaba por el nombre que una vez le había asignado. Muchos años habían pasado, pero para Juan el cariño era el mismo, quizá ahora más maduro, menos idealizado.

Y, como siempre, se le vino el recuerdo al galope; las mañanitas de Cañada Honda y aquella primavera de sus poquitos cinco años cuando enfermó y su cuerpecito se llenó de rubores y el médico que llegó de la ciudad aseguró que era rubéola, palabra extraña; pero pasaban los días y no mejoraba; entonces la curadera del pueblo vino a poner blanco sobre negro, y se jugó diciendo que el niño estaba herido por alguna a tristeza que ella no sabía descifrar. Fue cuando el tío Rómulo a los pocos días llegó con el regalo, un pichoncito de jilguero flotando en los laberintos de una jaulita hecha con ramitas de retama y alambre.

"Cuando crezca va a cantar”, dijo Rómulo. Y el niño recuperó el universo de sus cinco años, esa edad donde todo es alegría, aunque un rato antes se haya llorado. Para que el pajarito no le fallara, lo bautizó "Caruso”, porque había escuchado en la familia que ése era el nombre de un gran cantor. Y "Caruso” no lo defraudó. Al poco tiempo la jaulita se llenó de música, una calesita parecía el encierro.

El niño le entendió el cautiverio al pájaro mejor que los mayores. No pudo soportar su encierro y un día lo liberó. Puso al jilguero al borde de la puertita, le acarició el plumón amarillo y algo le dijo en cercanía, pero debió empujarlo un poco para que entendiera el gesto de libertad que le entregaba. El pájaro se meció como extrañado en la ribera de la liberación, la palpó en aleteos y voló hasta una rama cercana. Desde allí dudó en tomar el regalo, pero al final se decidió libre. Sin embargo, no se fue del verdadero nido que Juan le había construido con su amor. Todas las mañanas venía a saludarlo; se acercaba sin temor, se dejaba acariciar mientras pronunciaba casi imperceptibles trinos y se iba. Y un día, cuando Juan ya era un hombre, murió como todos los pájaros, como todos los mortales.

Por eso el muchacho no dudó que era él quien estaba allí; venía en las postrimerías de octubre, casi en coincidencia con su cumpleaños. Se acercó al pajarito, lo mimó y le dijo casi las mismas palabras de siempre, y el jilguero se estremeció con ése su temblor de lluvia sobre la ramita de siempre; y, como todos los años, el pajarillo se fue convirtiendo en espuma, ilusión entre sus dedos, y sólo dejó en el aire tibio de un octubre siempre inaugural, su canción, ese rastro que trasciende la muerte, esa estela que nos protege y justifica el alma.

Lo que es del aire se fue en el aire, más libre que nunca Caruso, pero Juan lo había vuelto a tener a su lado, a escuchar su canto, a tocar su plumón casi dorado, a liberarlo una vez más, pero sin dejarlo ir de su pecho.