En la oración de Getsamaní Jesús experimenta la angustia ante la muerte próxima.
Lo que va a pasar tiene sentido, aun la muerte de cruz, por que es la voluntad del Padre, no hay lugar para la desesperación, ni siquiera en el límite: "Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra" (Lc 22, 44). La cruz significó para Cristo donar su vida al Padre por los pecados del mundo, debemos aprender la lección, quien quiera reservar su vida para sí mismo, sin pensar en los demás, la pierde; quien sea capaz del don de sí mismo incluyendo al otro en su vida, la gana.
Una reflexión para la Pascua: qué significa tocar la cruz de tal modo que se toque el misterio de Dios; aceptar cuando ha llegado la hora en el plan de Dios, al aceptar la cruz se renuncia a la propia voluntad, para seguir la voluntad de Dios. Al tocar la cruz se acepta esa voluntad del Padre, en esa voluntad está el misterio de Dios.
Si la vida se encierra en el propio yo se dificulta la comprensión del misterio, la autoridad de aquel tiempo no interpretó el valor de los milagros de Cristo: "los sumos sacerdotes y los fariseos decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar Santo y nuestra nación."
Por esos signos muchos creyeron, no se encerraron en sí mismos; muchos seguían a Jesús, bastaba querer escuchar y ver la voluntad de Dios.
Hoy hay signos, hay que querer verlos, en hechos simples se puede ver un mensaje de Dios, basta repetir la oración de Jesús en Getsemaní, que se haga la voluntad del Padre.
La alegría de la Pascua que vivimos no debe significar olvido de la cruz y del misterio unido a ella, las campanas y la luz de la noche del sábado santo anuncian la resurrección de Cristo el domingo, pero esa resurrección es el resultado de la cruz, la asume no la abandona. La cruz es signo de la vida cristiana, de la alegría del sacrificio por cumplir la voluntad del Padre.
Las apariciones de Cristo resucitado hace que los discípulos reconozcan que ha resucitado, lo que Dios había prometido y los profetas anunciado se ha cumplido; ahora es el núcleo del kerygma (proclamación) del mensaje pascual. Con ese kerygma la Iglesia vive ahora el tiempo pascual.
