"Cualquier injusticia contra una persona, significa una amenaza hacia todas las demás" (Montesquieu).

Hoy es el día que generalmente utilizo para escribir mis notas del diario. Pero no puedo hacerlo. Al menos sobre mis temas habituales. Mi hábito de discurrir sobre la vida simple, nuestros personajes, nuestras vivencias, está acorralado por esta circunstancia tremenda que es la inesperada muerte del fiscal Alberto Nisman.

Es cierto, el mundo sigue andando, pero ¿de qué modo es posible seguir transitando este país tan castigado? No dudo de que hay que seguir. Jamás aflojar. Aunque no es lo mismo luchar contra los inconvenientes que la vida nos pone al paso que hacerlo contra las catástrofes. Es eso lo que en estos tristísimos y graves momentos nos ocurre. Algo que nos pone al límite de las fuerzas, nos arrastra, nos humilla, pero que no debe vencernos.

La muerte de Nisman es una tragedia equiparable a la misma tragedia que él minuciosamente y con un rigor técnico excepcional estaba investigando. Los muertos de la AMIA vuelven a morir minuciosamente y sin piedad detrás de la detonación que puso fin a la vida de un funcionario valiente que los supo interpretar y dignificar. Se desmorona de nuevo el edificio que sepultó vidas inocentes bajo el designio de un plan internacional asesino. Pero no hay que caer derrotados (ni siquiera agobiados) debajo de esas ruinas, porque sería vender el dolor y la luz de seres humanos. Hay que incorporarse, más valientes que nunca y gritar indignados que no se pude hacer esto, que no pasarán, que no nos podemos permitir el miedo ni la indiferencia ante muertes tan brutales y políticamente tan degradantes.

Polvaredas de vergüenza se elevan por sobre los muertos aún no redimidos de la AMIA. Polvo brutal que inunda el mundo y nos convierte a los argentinos en personajes tristes de un final que repugna a la condición humana y nos rebaja ante los pueblos libres y democráticos.

Hoy no puedo intentar algunos rasgos de belleza en mis humildes líneas.

Nisman no ha podido hablar ante el Congreso, ese ámbito de la República donde se debate el país que queremos y los días por venir que elegimos. Un silencio viscoso cubre de ignominia los recovecos donde esconden la verdad que las ruinas de la AMIA siguen sepultando. Pero es éste el momento. Es la oportunidad crucial para que los argentinos nos pongamos la ropa de ciudadanos dignos y gritemos al mundo que las convulsiones pueden ocurrirle a cualquiera, pero que nosotros no permitiremos más burlas ni seguiremos padeciendo la vergüenza de que el mundo nos tenga lástima.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.