No se disfruta la vida en el marco de la mentira y la falacia que disfraza la verdad a costa de la felicidad de los pueblos. No se concibe al poder fagocitándose la cultura de su comarca, porque la existencia de los hombres requiere que no se altere el orden moral construido en el marco cultural que le definen e identifican. El hombre no posee tolerancia eterna bajo la insatisfacción porque, si hay algo inherente a él es, precisamente, la necesidad de satisfacer y disfrutar tanta provisión dada, otorgada por la Creación. La necesidad de satisfacer lo dado está impuesto en la criatura humana y viene de lo Alto.

La trillada frase "trabajemos diez años para que nuestros hijos después sean felices", ya no es viable. No fueron nunca felices. Cuando los pueblos advierten que se los somete a un sacrificio sin la responsable previsión ni criterios de justicia, se revelan. Por ese desatino se malograron las energías de muchas generaciones de padres e hijos. Es necesario un esfuerzo porque sin él nada andaría, pero el trabajo moderno se caracteriza por conciliar perfectamente ese esfuerzo, ya que cuando es aprehendido y comprendido por la comunidad, sus miembros lo realizan concientemente y hasta con alegría. En los países anhelantes de progreso, a ese sacrificio se lo ha disimulado de cincuenta maneras distintas en provecho de circunstancias adversas que han sido hábil e inteligentemente superadas. El parangón con la República del Brasil nos obliga a la reflexión profunda. Brasil se planteó objetivos posibles y su crecimiento abismal no necesitó de una economía de guerra ni de reajustes perversos ni de la absurdidad. Desterró la mentira de la prédica, priorizó la unión nacional para superar viejos conflictos y así poder consensuar estrategias, y procuró que los ejecutores operacionales fuesen buenos acentuando énfasis en la coherencia, signo distintivo de un proceso bien encaminado que hoy aplaude el mundo. Esos ejecutores -llamados cuadros tácticos-, sirven al proyecto estratégico en el espacio donde se aplican las medidas. Este paso no es casual. La clave reside en la resolución estratégica que no ha sido falsa -significa que ha sido verdadera-, requisito ineludible en el punto inicial que se centra en la eminencia de un político prominente que ha considerado que la conducción de su amado país reviste el carácter de una misión trascendente. Esta condición del gobernante -la eminencia-, es la cualidad que le permite hacer uso de la previsión, dominio del "aquí" y el "ahora" para imaginar y construir un devenir venturoso. Lula Da Silva -presidente de Brasil-, es un expositor incansable de principios y valores que le han ido otorgando en la praxis la autoridad necesaria que hace falta en la conducción de un Estado para ser respetado y acatado. Hoy, es altamente valorado y su palabra, creíble. En la triste antítesis de una realidad que lacera el alma, nuestra amada nación, inestable en sus compromisos, lo es, fundamentalmente, inestable en su propio ser argentino, mal acostumbrado siempre a pender de la espada de Damocles.

El gobernante argentino se apropió del pretexto para justificar sus propias carencias -falta de virtuosidad, de eminencia y previsión-, amparo excusatorio que argumentó absurdos golpes de estado y políticas financieras de ajustes extremos. Ya no es dable culpar a los imperialismos de turno. Somos dependientes de nuestra propia inercia y pésimos hábitos. La deuda externa argentina justificó y generó más deuda externa en medio de la inoperancia y la irracionalidad. El riesgo-país, diligentemente manipulado para quitarnos el sueño y publicitado lascivamente, amedrentó a los argentinos día y noche durante un tiempo colmado de desaciertos, mientras se ajustaba el delgado cinturón de la clase media, hoy en vías de extinción. Expertos conocedores de la psicología de las sociedades inculcaron el miedo disfrazado de distintas formas, sabedores de que el hombre no puede vivir bajo su amparo. Cargando las tintas al Estado elefante se transfirió las principales empresas a acaudalados consorcios multinacionales. Los ciudadanos con 60 años de edad, sienten que se les ha pasado la vida y el tiempo, sin contar los millones que quedaron en el camino sin avisorar la luz. Hoy, la indefinición de un Estado que no es, se asemeja más bien a un "dinosaurio" por su monstruosidad devoradora y torpeza abismal. Un hecho grave no compatible en el mundo evolucionado, dejó al Estado argentino sin la decisión soberana en el manejo y distribución de recursos fundamentales de energía y comunicación. El estilo del pretexto intenta crear nuevos cucos que justifiquen la transferencia de subsidios y facturaciones desmedidas. La Suprema Corte de Justicia "falla" sobre la tenencia de drogas porque la ruta del Congreso es paralela a la dimensión argentina y no legisla sobre la vida. En lo paradójico del país absurdo, más acorde con el juego de azar que con la realidad tangible, resulta más fácil apostar a la función pública, que invertir en actividades productivas. Este acto no es pretexto. Es, simplemente, la realidad tortuosa de un país, el nuestro, que tiene la capacidad aviesa para destruir la esperanza.