Cumplido un "obligado” paréntesis -largo en el almanaque pero corto en las expectativas- retomo los recuerdos de esa porción de la historia del periodismo del siglo pasado que viví a partir de la década del "50, casi en el umbral de la impresionante revolución de las comunicaciones que impactó de lleno en las artes gráficas.

Mi "’buscador” de remembranzas es ese galpón de calle Mitre al 80 (0), al fondo de una guardería donde funcionó la redacción, administración e impresión del diario "Tribuna”, el de mayor tiraje en ese entonces. Por otra parte, es lo que ha quedado en pie como testimonio de esa época. Por ejemplo, en la esquina de las calles Tucumán y Santa Fe donde tenía su sede el diario "La Acción”, actualmente existe una casa de comidas y panadería. Nada ha quedado, igualmente, donde en sus comienzos estaba la redacción y planta impresora de DIARIO DE CUYO en calle Catamarca entre San Luis y 25 de Mayo.

En ese lugar de calle Mitre, con mis 17 años además de las actividades deportivas, empecé a tomar fotografías ante objetivos fijos: las visitas numerosas al diario. Pasaron por mis manos distintas máquinas desde la tradicional "Leica” de 35 mm hasta la señorial "Spido” con negativos de vidrio, y desde la lámpara a magnesio al flash electrónico.

Asimismo tuve el privilegio de ver y ser compañero de trabajo, quizás de los últimos periodistas que se resistían a "tocar” la máquina de escribir y redactaban sus notas a mano. Entre ellos el jefe de deportes don Julio Ernesto Martínez; al talentoso Emiliano Lee "madrugador” y don José Elías Asaf con sus profundos editoriales que los entregaba directamente al linotipista.

En ese galpón recibí las clases personales de maestros del periodismo y de las artes gráficas. De gente que gravitó muy profundamente en la historia del periodismo escrito, como don Francisco Montes, que fue jefe de publicidad de "Tribuna” hasta 1955, cuando pasó a ser propietario de DIARIO DE CUYO. Tanto en su carácter de empresario y periodista siempre admiré su capacidad de trabajo. Recibí de él un trato cariñoso y si se quiere paternal, porque me vio crecer de muchacho y envejecer en los diarios. Me vio de "chasirette” y luego redactor.

Al respecto, me honró solicitándome escribiera notas especiales, entre las cuales dos que me llenaron de orgullo: la historia del diario y de los hechos más trascendentales que lo tuvieron de protagonista. Me dijo: "Te doy un ejemplo, el rescate de la momia del cerro "El Toro’ y de allí aplica tu criterio”. La otra fue la historia de Federico Cantoni que me llevó cerca de tres años de investigaciones.

Puedo decir en su homenaje que no defraudé su confianza, porque tiempo después en 1967, al cumplir 85 años el diario "Los Andes” de Mendoza, convocó a un concurso a escritores y periodistas de Cuyo. En la oportunidad un jurado presidido por el gran escritor Antonio Di Benedetto, me otorgó el primer premio por mi artículo sobre la actividad cultural de San Juan, y menciones especiales en poesía y fotografía, es decir, mis tres amores: el periodismo, el arte y la literatura.

Similar espacio ocupan en mi corazón aquellos grandes maestros del periodismo escrito de quienes recibí mis primeras enseñanzas: Rogelio Díaz Costa, Emilio Biltes, Jorge Marcet y Vicente Menseguez Abeiro. Ya no están, pero sigo aprendiendo de sus ejemplos, de su dignidad y honor de periodista. Ellos, al igual que los periodistas que conocí en mi paso por las redacciones, me dejaron sus enseñanzas. Recuerdo a Eugenio Carte, Orlando Flores, Norma Massa, Humberto Muñoz, Adán Agüero, Olguita Merle, Oscar León Pellice y Roperto Paz; a Néstor Galaburrí y Eduardo Graffigna con los que viví inolvidables aventuras periodísticas.

De cómo se hacía periodismo en los años 50 o 60, basta que el lector imagine que se trabajaba sin el formidable aporte de Internet. Además, recuerdo a los maestros de las artes gráficas: Los regentes Silvio Francisco Falanti, Tomas Tortosa, Luis Parazza y Antonio Rocamora; Thelismar Sardinez (tipógrafo); a los linotipistas Oyola, Cuadros, Sánchez, Sardinez, Moroy y doña Catalina Pereyra; a los fotograbadores Salvador y Domingo Castillo y a Palacios.

De esas antiguas "camadas” de periodistas estamos en "actividad pasiva”, María del Carmen Reverendo y yo. En plena actividad se encuentra un viejo compañero de "Tribuna”, Rodolfo Heredia editorialista y editor de la Sección Opinión de este diario.

La frontera de esos tiempos la estableció en 1980 la llegada del offset, que terminó drásticamente con la composición gráfica en caliente (plomo y antimonio), lo que, a su vez abrió las puertas a los colores y entrar en la computación. Ya no fue necesario un taller para armar el diario, porque había empezado el definitivo reinado de la informática en el periodismo. Cuando salió a la calle el último DIARIO DE CUYO impreso por el antiguo sistema, quedaron en desuso las cajas de composición manual y con el olor a tinta y a plomo se esfumó para siempre el taller.

Ahora comprendo esas palabras de los viejos maestros que me recuerdan a Machado: "Jovencito…se hace camino escribiendo y creando”.

(*) Periodista.