Tiempo atrás escribí un texto cuyo primer párrafo decía que "cuando uno se sabe oriundo de muchas penas y no pocos asombros; cuando tiene varias vidas caminadas llevando a cuestas los sueños y los desencuentros, en esos remansos del destino encuentra algunos soles, los suficientes para empatarles a los inviernos”.

Entre esos soles, además de los acontecimientos familiares, esta la amistad o las amistades que a través del tiempo incorporamos a nuestra vida, a nuestros recuerdos. Y entre esas gratas vivencias recuerdo con emoción el haber conocido y contar con su amistad, al gran poeta local de fecunda trascendencia nacional e internacional, Antonio de la Torre, el poeta de la siembra. Es que en casi toda su obra está presente la tierra, esa tierra que hizo suya desde el arado, desde su padre, desde la siembra. Por eso es que en cada línea, en cada párrafo, en cada poema resplandecen las semillas que va derramando para que el lector las sienta germinar.

Lo conocí personalmente durante una entrevista para el diario "Tribuna” en su domicilio, al regresar de España luego de una gira que realizó en 1957 enviado por el diario "La Prensa”. En esa ocasión acompañé como fotógrafo al periodista y escritor Eugenio Carte. Digo personalmente porque ya lo admiraba a través de sus obras. Una vez cumplido mi trabajo quede libre para marcharme pero decidí seguir el desarrollo del reportaje, porque no me hubiese perdonado perder esa única oportunidad de escuchar en la voz del poeta lo que vió en España y que reflejó con singular maestría en varias crónicas de viaje, alguna de las cuales aún conservo entre ellas la que nos cuenta detalles de su visita a la Alhambra y también de lo que él llama "La ansiedad de Granada”. Al respecto nos dice en un poema "Esta luz de Granada, esta alameda, estos cipreses de silencio altivo; estas torres doradas de la Alhambra; esta alegría triste de Granada; estos caminos de encontrar el sueño y olvidarse del tiempo”.

Cómo no sentirlo hablar de esa España tan soñada por mí, de sus ríos: el Ebro, el Duero o el Guadalquivir y sentir que tenía razón el compositor ruso Glinca que dijo "Tienen que pasar muchos años para que la serenidad vuelva a mi espíritu, después de oír la guitarra a un granadino del Albayzin”, que sería lo mismo escuchar ahora a Paco de Lucia.

Cómo no escuchar a tan alto exponente describir el majestuoso palacio de Aranjuez, de la música "un canto al amor” que inmortalizó el valenciano Joaquín Rodrigo y que me hace vibrar con la voz de Plácido Domingo o de Paloma San Basilio. Fuera de la entrevista o dentro de ella, Antonio nos habló con su mirada de poeta, de Sevilla, de Málaga, de poetas y escritores españoles, de las fuentes de agua, herencia de los árabes, del cante y del baile flamenco.

Desde ese día fueron varios los encuentros que mantuvimos, entre ellos la invitación que nos hizo a su casa una noche de verano, donde gustamos de unas sabrosas empanadas que nos ofreció doña Nora Aubone, su digna esposa, a quien debemos que haya reunido en 1999, en una antología, un compendio de toda su obra, y a la que siempre agradezco la dedicatoria de ese libro: "Para el poeta Carlos Quinteros, amigo de siempre. Con gratitud y estima”.

Participamos Guido Iribarren, David Bielous y José Campus. Por supuesto que el tema central fue la poesía. Escuchó nuestros poemas y a medida que surgían las preguntas, nos brindó una clase magistral de literatura. La segunda parte de ese encuentro, tuvo lugar en la puerta de calle donde el dueño de casa nos acompañó para despedirnos. "Carlos, vamos a ser amigos” me dijo y simultáneamente le respondí que lo diera por seguro. En verdad no se puede ocultar la emoción y el orgullo de estar frente a un escritor que las futuras generaciones lo conocerían a través de sus obras; a un miembro de la Academia Argentina de Letras, del Pen Club Internacional; a un autor editado por editoriales como Peuser, Huemul, Kapeluz, Kraft, Troquel y Hachete por ejemplo; y premiado en el país y en el extranjero.

Me asombró, ante una pregunta mía en el sentido de dejar de escribir y a qué se debía, al decirme que similar interrogante le planteó nada menos que Alfredo Bufano, el poeta de Mendoza. "Habré dejado de ser poeta, me dijo Alfredo”. Entonces se extendió en un profundo pensamiento sobre la poesía y el poeta. "Carlos, nunca se deja de ser poeta”, concluyó.

En una ocasión tuve la oportunidad de compartir un momento con él. Fue cuando nos invito a una conferencia que ofreció el 3 de agosto de 1968 en Mendoza, organizada por instituciones culturales de la vecina provincia. En la oportunidad nos presentó y tuvimos oportunidad de dialogar con Antonio Di Benedetto, Alfonso Sola González, Ricardo Tudela, Vicente Nacarato y Humberto Crimi.

Otro grato encuentro con el poeta fue en un café de la calle Sarmiento, frente a la facultad de Filosofía, donde se detuvo a compartir la mesa con nosotros. Allí le dije que esa amistad que encendimos aquella noche en su casa aun permanece y permanecerá con la luz de la poesía que no cesa.

(*) Periodista.