El último del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos evaluó las aptitudes de 470.000 alumnos de 15 años de 65 países en Lectura, Ciencias y Matemática, donde Argentina figuró en el puesto 58 entre 65 países. También se encuestó a los chicos sobre la dinámica en el aula y su relación con los profesores, figurando el país en el último puesto. Se preguntó cuánto tardaba el profesor en ordenar el aula para dar su clase; si había interrupciones por indisciplina, y si creen que el mal comportamiento afecta el aprendizaje, entre otras cuestiones.
Los episodios de violencia en las escuelas han sumado otra ingrata realidad a los múltiples problemas que afectan a nuestro sistema educacional. Preocupa el hecho de que escolares, incluso de muy corta edad, hayan introducido armas en los establecimientos y hasta las hayan utilizado para agredir o amenazar a docentes o compañeros. Se suman la toma de colegios y otras actitudes patoteriles que inficionan a la población escolar. Esas gravísimas y alarmantes anomalías, cuya pertinaz reiteración está emparentada con la anomia, la falta de ejemplaridad y la incorporación del consumo de drogas a los ámbitos estudiantiles, exigen de las autoridades una profunda y enérgica labor correctiva, ejecutada con la firme voluntad de encontrar soluciones eficaces y duraderas. En tiempos no demasiado lejanos se admitía como un principio incontrovertible que los niños y los adolescentes eran la reserva no corrompida de la comunidad. Lamentablemente, ya no es así. La disgregación de los núcleos familiares, la abrumadora carga de violencia omnipresente en numerosas manifestaciones de la vida cotidiana, obligan a revertir los cambios negativos que atañen a la formación estudiantil.
