Aún subsisten en nuestra provincia talleres de automóviles un tanto antiguos, en cuanto a la tecnología que utilizan, ya que los vehículos que asisten no requieren de las modernas técnicas de los autos de esta época. Los hay de modelos 40, incluso más viejos y por supuesto un amplio parque automotor de la década del 70, son los clásicos autos de 6 cilindros que circulan nuestras calles, muchos de ellos perfectamente restaurados o conservados o algunos con escasos kilómetros. En relación a lo que dijimos, son pocos los talleres que se ocupan de estas últimas reliquias. Para aquellos que somos "fierreros" de alma, estos talleres tienen un aura histórica. Uno de ellos es el emplazado en Concepción, sobre calle Falucho, entre Mendoza y Gral. Acha. Los clientes lo conocen simplemente como "el taller de don Molina". Este local se inició en la década del 60, y su dueño fue un caucetero llamado Luis Enrique Molina. En aquellos años esta pequeña franja del Pueblo Viejo era muy diferente a lo que es ahora. Calle de ripio, cañaverales, acequias, canales y sifones, que impedían la salida a la calle Gral. Acha, y un baldío donde solían instalarse los gitanos.

Este verdadero artesano de los autos inició su oficio en 1948, en la antigua concesionaria de Ford y que luego fue de los Dodge, llamada Alberto J. Castilla. En esos años la parte más difícil de componer era el afinamiento, para lo cual se tenía que tener mucha experiencia y sobre todo amor por los autos. Don Molina aprendió acabadamente este arte, y luego se independizó, instalando su propio taller. Afinar un auto de estas características requería de un oído casi musical; si bien habían herramientas muy básicas, como limpiador de bujías, probador de bobinas, condensador y distribuidor, la parte que más indicaba un buen afinamiento era escuchar regular un motor, y luego probarlo. Otra particularidad era que se tenía que realizar con todo el tiempo del mundo, sin apuro, especialmente la regulación de válvulas, darle la justa "luz" a los platinos, limpieza rigurosa del carburador y la puesta a punto del motor. Éste era el secreto para que el motor terminara "sonando como un violín". Don Luis Enrique fue un campeón en este arte, llegando a tener una gran clientela. Era usual verlo a la sombra de un longevo olivo, afinar, por ejemplo, un mítico Chevrolet Impala de 8 cilindros (Ver foto), o un Kaiser Carabella con motor Continental, hecho en nuestra tierra. Además frecuentaban su taller clientes ilustres, que sólo entregaban su movilidad a este singular hombre, como el escritor Abenahamar Rodrigo, quien ponía en sus manos su Ford Taunus o el tanguero de bandoneón Ángel Ghirardi poseedor de un Ford Falcon.

(*) Magíster en Historia.