Al fondo, a la derecha, descansando hacia ese Oeste donde las tardes se llenaban de pitazos del tren Cuyano o el Aconcagua que llegaban puro resoplo y polvillo, estaba el taller de mi abuelo, como custodiando su pasado de foguista. Calle Santa Fe, a metros de Salta, casita humilde construida al fulgor de sus brazos prodigiosos. Para acceder a ese cuartito de rumores hacedores había que levantar un viejo toldo a rayas, detrás del cual, una noche, mi tía Tita se vistió de fantasma y trató de asustarnos para que nos portáramos bien. (¡Fantasma, vos que eras pura gracia y cascabeles!).
Tiempos del Turismo de Carretera y de las Fórmula 1 de los enormes Fangio y Florián González, cuando -en ese cuartito creador- construíamos los símil de esos bólidos, abriendo una lata de durazno que clavábamos a una madera, construíamos las ruedas con rodajas de palo de escoba y conducíamos el autito con un largo alambre de acero, por pistas de suelo arcilloso y atardeceres sin lluvia. Épocas de aquel San Juan extraño debatiéndose entre heridas añosas del terremoto e ilusiones de una juventud con quimeras que se arremolinaba en la esquina de Tucumán y Rivadavia, la del Salón Pons, donde en noches de viernes de modesta aventuras se fue armando una de las peñas más grandes que conoció esta provincia. La adolescencia estaba más apegada a su cultura y sus tradiciones.
¿Dónde quedaste, carnaval de albahaca y pomos fragantes? ¿Dónde, la comparsa de Villa del Carril o El Clavelito? En qué atardecer se enredan con la nostalgia las faldas de fiesta de mi madre y mis tías, bajando al atardecer por Mitre hasta la plaza Veinticinco. Es inconfundible tu voz, querido maestro Oscar Donaire, engalanando la fantasía con radioteatros de ensueño. Hoy es domingo y un nidal de voces infantiles agasajan tu calidez, Alberto Vallejos, titiritero frutal de la Pandilla del tío Melchor. Gracias por sus palabras, señor (con mayúsculas), Jorge Germán Ruiz; que Ud. felicite a estos jóvenes cantores, es una caricia del alma. Claro que iremos a tu programa de Canal 8, Rony. ¿Sabés, Mario Pereira, que tenías razón con nuestra canción ‘Octubre y tú’, que elogiabas? Hoy la rescaté del viejo disco de vinilo y me pareció lograda. Te la envío, hermano de sueños, en un volantín dorado que ha de cruzar cielos de tonadas, para aterrizar en esa Córdoba donde nos hacés quedar tan bien.
Abuelo: retomo el refugio de tu tallercito de calle Santa Fe, pretexto o vínculo celeste para acordarme de lo que amo. Sujeto mis lágrimas en la rústica morsa. Atornillo el cielo frente a tu casita simple donde un árbol que plantaste se negaba a crecer.
San Juan extraña los corsos de la plaza, las retretas y la albahaca, la pandilla de Vallejos, y otras tantas cosas. ¡No!, no es un colibrí, es el almita de mi abuelo que revolotea Santa Fe al 500.
