El terrorismo es una acción que mata civiles, cuantos más, mejor. Y lo celebra. La actitud del agresor frente al atentado es en sí misma una definición. Como no existe guerra en la que no mueran civiles inocentes, lo que define que una acción sea terrorista no es que las víctimas sean civiles, sino que éstos sean el blanco deliberado y que, quien los mata, se deleite en ello. El terrorismo islamista busca matar civiles, bien porque los considera a todos infieles o bien para aterrorizar a la población y someterla. No es lícito decir que un poco terroristas son los atacantes de shoppings y un poco lo son también sus víctimas por provenir de países cuyos ejércitos mataron civiles. Eso diluye el concepto de terrorismo al punto de aparentar que todos lo somos en algún sentido. Es lo que desean los terroristas interesados en dar a sus actos viles un sentido patriótico, ideológico o religioso. Los terroristas actuales son islamistas. No todo islamista es terrorista.
Los genios adelantan décadas sus pronósticos. En los ’90 el politólogo Samuel Huntington publicó ‘Conflicto de Civilizaciones‘. Con su lectura caímos en cuenta de estar encerrados en una contienda solo interna a occidente. La ‘guerra fría‘ implicaba una diferencia de formas de distribución de la riqueza: capitalismo liberal o socialismo comunista. En el fondo la cosa era por plata, por la forma de repartir las ganancias de la sociedad industrial, la plusvalía de Karl Marx, de los obreros frente a los patrones, de los gremios contra los Rockefeller, Ford, JP Morgan, Carnegie, Rothschild. Petróleo, acero, electricidad, bancos fueron la causa y el terreno de disputa de una sociedad que había encontrado nuevas formas de producción y comenzaba a crear una riqueza infinita. Había que redefinir la manera de asignar grandes porciones de torta.
Huntington nos advirtió que, terminado ese conflicto, aquietadas las aguas luego de la Perestroika rusa y la caída del muro de Berlín en el ’89, nos enteraríamos de que, en realidad, no existía el mundo bipolar que habíamos conceptualizado sino uno multipolar que incluía otras culturas no concentradas en la riqueza material sino en otros valores, mucho más profundos. Ya habían ocurrido para aquella época episodios significativos, como el regreso del Ayatollah Khomeini a Irán y con él la vuelta a la unión profunda de la religión y el Estado, algo que se creía terminado siglos atrás, casi remontándonos al libro de los Jueces de la Biblia, antes de que los judíos decidieran ser gobernados por un rey. Ahí nos apareció el mundo del Islam cuyos integrantes se llaman a sí mismos ‘musulmanes‘ es decir, ‘sometidos‘, ¿a quién? a Dios, Alá y a sus profetas, Mahoma o su sobrino y tercer sucesor (califa) Alí. Debimos ponernos a estudiar para enterarnos de que los seguidores de Mahoma y Alí guerrean entre sí sin que sepamos muy bien por qué, que se llaman sunitas y chiitas y que mantienen en vilo a todo Medio Oriente sin que haya diplomacia que pueda entender lo que sienten grupos diversos en Irán, Irak, Afganistán, Paquistán, Siria o Líbano.
No pudimos creer su grado de determinación hasta que ocurrió el 11S, el derribo de las Torres Gemelas. Recién en ese momento el nombre de Al Qaeda pasó a integrar nuestro diccionario y nos enteramos que en un pueblo remoto un escuadrón de irregulares entró asesinando a un pueblo y violando mujeres lo que originó la venganza de un grupo de estudiantes (es lo que significa la palabra ‘talibanes‘) que los persiguió y colgó formando a partir de entonces un ejército estable de combate dispuesto a todo. Aparecieron también los ‘topos‘, esos personajes que creímos propios de las películas de espías, jóvenes o hasta niños radicados en occidente que se educan en nuestras escuelas y, de repente, ponen una bomba.
Esta semana ha ocurrido un hecho muy diferente. Dos jóvenes han tomado una iglesia católica de Francia y degollado a cuchillo al sacerdote. Hay que saltar milenios para recordar cosa parecida. En la Edad Media, cuando eran comunes esos llamados ‘caballeros‘ que no eran otra cosa que salteadores, hijos desheredados de algún señor feudal que trataban de hacer riqueza por cuenta propia y que vivían combatiendo entre grupos, la Iglesia laudó para que todas las partes dejaran de pelear en terreno sagrado. Primero fueron solamente los templos y luego las parcelas adyacentes, ‘zonas de paz‘, conocidas como ‘cementerios‘. Es desde entonces que el ataque a los templos de cualquier religión fue considerado un sacrilegio. Nunca, desde aquél entonces, se planificó y ejecutó con la frialdad que hemos visto un ataque semejante en un templo asesinando al oficiante. La admisión pública del crimen por el grupo terrorista ISIS, debe ser tomada como un aviso de lo que viene, una advertencia de que el objetivo es el corazón de nuestra cultura. Para esa gente, somos el demonio que se debe exterminar para agradar a Dios. Es preciso tomar conciencia y prepararse. No se puede perder más tiempo.
