La escuela pública en la Argentina sufrió en la última década el deterioro del que es más difícil salir: la percepción negativa o, al menos preocupada, de buena parte de la sociedad, que en números crecientes busca refugio en la educación privada para sus hijos.
El fenómeno de los alumnos que migran a la educación privada se aceleró durante los últimos años. De los 850.000 nuevos alumnos incorporados a la educación privada entre 1994 y 2010 en el país, el 60% pasó después de 2003.
Entre 2003 y 2010, con aumento presupuestario para educación, entrega de netbooks y mejoras en la infraestructura escolar, esta fuga a las escuelas privadas se triplicó con respecto a los años "90: pasó del 7% que había mostrado entre 1994 y 1999 al 20,7% entre 2003 y 2010. Este tránsito a las escuelas privadas pone en evidencia un debate que nunca es profundizado como corresponde: por qué el aumento de recursos para educación dispuesto desde 2003 y las leyes educativas modernizadoras de este gobierno no han logrado impactar en la vida de las escuelas ni reducir las desigualdades educativas.
Al cambiar el guardapolvo por el uniforme, los padres no buscan tanto que sus hijos aprendan mejor matemática, inglés o las demás materias que conforman la curricula educativa, sino que lo hagan en días de clase que no se interrumpan por paros o ausencias de los docentes, con disciplina y mayor atención a cada chico. En instalaciones con gas y sin problemas de ningún tipo. Significa, en otras palabras, escapar de una escuela pública que se percibe sin orden ni demasiado control, más insegura, que en los contextos más pobres, deja entrar la violencia y la amenaza de la droga, y que no asegura el aprendizaje.
La educación es más que entregar computadoras y dar inglés. Es saber que todos los días alguien recibe a los chicos, que tienen clases, que las escuelas funcionan en forma normal y que no registran carencias que impidan el normal impartimiento de la enseñanza. La mirada tiene su parte de injusticia, claro: ni todas las escuelas públicas responden a este retrato, ni todas las privadas garantizan lo contrario. Pero la existencia de esta idea, que está instalada, es una señal de alarma: el lazo de lealtad que unía a la clase media y la escuela pública está roto, y por la peor de las razones: la desconfianza. Creer que en la Argentina un chico se salva por ir a la escuela privada puede ser un error. Nadie se salva en un país fragmentado y con puentes rotos para cruzar a un lugar mejor.
