La noticia tuvo lugar los primeros días del mes de febrero de este 2016. La tecnociencia no se detiene. Martín Heidegger tendría sus reparos. Pero analicemos lo sucedido. ‘Nos gustaría entender cuáles son los genes necesarios en un embrión humano, para desarrollar un niño sano’. Éste es el principal argumento esgrimido por los investigadores del Francis Crick Institute de Londres, al presentar el pedido de poder manipular embriones humanos en el estadio de siete días a partir de su concepción. Y pocos días atrás, la Autoridad británica sobre Fertilización y Embriología, ha dado el permiso a una investigación sobre treinta embriones producidos ‘in vitro’ y donados por los padres con finalidad exclusiva de estudio. Por tanto, no serán implantados una vez que se trabaje sobre ellos. Y la pregunta es obvia: ¿cuál será su suerte futura? ¿A dónde irán a parar? ¿Serán congelados? Quizá, sean desechados una vez que termine la faena.
El hecho es que por primera vez en Occidente se les ha dicho a los investigadores: fabriquen vida humana y analicen; hay permiso para seleccionar, modificar, descubrir qué es lo que permite el desarrollo fisiológico del embarazo y lo que no lo ayuda. Al fin y al cabo, nunca conocerán la transferencia al útero materno y colaborarán como materia de estudio, a saber: acerca de causas eventuales de infertilidad y posibles riesgos de la vida embrional. ¿Niños genéticamente modificados? Pensar en ello para un futuro por el momento es sólo fantasía. El problema es que se oculta la verdadera identidad de los embriones, que no son un puñado de células informes, lejos de asumir alguna forma de existencia humana. Todo embrión es ‘humano’ y posee en sí su propio ADN, su propio ritmo que lo lleva al crecimiento. Se oculta que para conseguir buenos fines, no se puede ir por cualquier medio.
Poco feliz experimentar con embriones, en una época donde aumenta -y no sin serias razones- la sensibilidad de no experimentar con animales, pues se les infligiría un sufrimiento inútil. Tema polémico por momentos, ciertamente. En sustancia, cabe el riesgo de que esos treinta embriones humanos sean en verdad conejillos de indias. Para no pocos científicos, aunque no creyentes, también los embriones significan al menos un ‘principio’ de vida y hay que respetarlos. Para muchas legislaciones recientes, incluida la argentina, la vida humana inicia en el momento de la concepción (art. 19 del Código Civil y Comercial). Para muchos creyentes, pero capaces de razonar, la intervención sobre embriones sólo se justifica a fines de terapia. No es sólo la hipótesis, por ahora negada a la comunidad científica y a los medios de comunicación, de una futura posible programación genética del hombre perfecto, lo que da miedo. También es el presente lo que atemoriza. Es el hecho que en ese laboratorio londinense tomarán treinta probetas, cada una con su vida de siete días. Analizarán su ADN. Intervendrán con la nueva técnica, la Crispr-Cas9, en un sofisticado procedimiento que consiente el gen editing, o sea la modificación del ADN. Muy probablemente modificarán los genes o ‘silenciarán’ alguno, para ver qué pasa en su ausencia. Algo así, simplificando un poco a fines gráficos, como ‘cortar’ y ‘pegar’. Como en la síntesis de sustancias químicas, modificando ingredientes en la espera de mejores resultados.
Quizá está de más recordar al lector que un embrión de siete días no es conjunto informe de células sin futuro. En el útero de una mujer, esas células se multiplican y dan como resultado final un bebé. Y todos los seres humanos alguna vez fuimos o pasamos por ese inicial estadio. Es una pena que a la hora de investigar soluciones o probables terapias génicas, no se respeten protocolos internacionales que, aunque algunos no sean vinculantes, significan un paso prudente a la hora de cuidar la vida humana. Si cuidamos la vida del planeta, con esta hermosa sensibilidad ecológica que crece; si cuidamos con esmero la vida de las especies animales, cuánto más aún hemos de estrechar lazos para cuidar la vida de los seres humanos en cualquiera de sus etapas. Cada uno de esos treinta embriones puestos a disposición de la técnica, podrían nacer y vivir. Hoy están expuestos a la prueba, al riesgo y son en la práctica, materia descartable de estudio.
Hoy podríamos recordar el Salmo: ‘Antes que te formases en el seno de tu madre, Yo te conocía’. Esos treinta embriones no nacerán, pero estaban programados, desde el primer día, para ver la luz.
