Dos hitos marcaron a los argentinos en estos últimos tiempos: los festejos del Bicentenario en nuestro país y el Campeonato Mundial de Fútbol en Sudáfrica. Si alguien pudiera graficar estos dos acontecimientos seguramente pensaría en la bandera que hoy más que nunca es símbolo de unión en una sociedad argentina a la que dividen pequeños y grandes temas.
El himno se entonó fervoroso por todas las calles, en todos los hogares y llenó de lágrimas los ojos de los connacionales. Un clima de unión, un humor social particular se vivió intensamente por sobre las banderías políticas, las pasiones individuales, por los distintos equipos futbolísticos; los argentinos vivieron una suerte de paraíso patriótico, un sueño celeste y blanco del que se niegan despertar. No se trata de una vana poesía recitada al viento en un patio escolar sino de una exclamación afirmativa del más auténtico ser argentino.
Tanto en el Bicentenario como en el Mundial el pueblo ejerció un singular protagonismo y una voluntad de país unido por sobre todas las dificultades. Ese sentimiento que no se compra ni se vende, que nace con raíz popular y se extiende por todo el territorio como un emblema sin distinción de clases sociales ni niveles culturales debe ser tenido en cuenta por los políticos, por los religiosos, por los guías y orientadores de grupos por que indica dos fuerzas de atracción, la sinergia (todos hacia el mismo objetivo) y la convergencia (consenso y unanimidad). No son banalidades las expresiones sociales porque las personas se mueven por el sentimiento y la razón y esos dos niveles de acercamiento no deben ser nunca explotados, nunca desarraigados de la génesis misma del propósito con que nacieron: manifestarse abiertamente mediante un impulso auténtico que no lleva en sus entrañas a la violencia.
El ser argentino, la esencia misma de la nacionalidad, tan confundida a veces por las influencias extranjeras, por los sediciosos, por los que prejuzgan, por los que alteran la vida de un pueblo trabajador y honesto, debe seguir por ese camino que señalan los grandes proyectos y las generosas esperanzas.
Una mirada al campo, otra a los trabajadores, a nuestros jóvenes, a la comunidad toda unida con otras colectividades es un destino de luz que sin apasionamiento no debe perderse en esta hora.
Más allá de las críticas, más allá de los errores, más allá del gol que nunca entró, hay un latido argentino que solo dice: presente.
