Y un día el rey Felipe VI llamó a formar gobierno. Era la primera vez que le tocaba tan importante función, desde su llegada al trono tras la abdicación de su padre Juan Carlos I, experimentado en esas lides desde 1975. Pero lo curioso es que siempre que el monarca, como jefe del Estado, llamaba a un político para encargarle esa tarea, se trataba del dirigente más votado en las últimas elecciones, sin discusión. Ahora, tras el rechazo del actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Partido Popular), el más votado pero sin la mayoría necesaria (122 diputados de los 176 necesarios para una mayoría absoluta), tuvo que pensársela y elegir al segundo en los últimos comicios. Así apareció en escena, Pedro Sánchez (43 años), el secretario general de los socialistas (PSOE) que no venía muy bien parado, más aún en tiempos en que se acabó el bipartidismo con el impactante nacimiento de dos nuevas agrupaciones: ‘Podemos”, de izquierda, con Pablo Iglesias (37 años) al frente, y ‘Ciudadanos”, de centro derecha, dirigido por Albert Rivera (36 años), catalán no independentista. Todos jóvenes los presidenciables, menos Rajoy (63), y no comprometidos en funciones ejecutivas anteriormente. El Partido Popular en el gobierno con Rajoy obtuvo sólo 122 diputados de los 176 necesarios para una mayoría absoluta.
Pero el fuerte trajín político, nutrido de polémicas con enfrentamientos verbales y hasta judiciales, para encontrar un futuro jefe de Gobierno ha sido característico de Italia, desde siempre, o por lo menos desde la época en que la Democracia Cristiana gobernó la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX. Era inamovible al frente del ejecutivo italiano y a pesar de ello las polémicas no faltaban. De esos tiempos, recuerdo durante mis estudios periodísticos en Roma, cuando el varias veces primer ministro Giulio Andreotti dominaba la escena italiana y en uno de esos actos políticos, me respondió una pregunta con esta definición: ‘En Italia, cada elección da batalla, pero al final llega la paz, que también es italiana”. Esto nunca cambió, y se profundizó durante los confusos tiempos del magnate de la televisión, Silvio Berlusconi. Pero España estaba habituada a otra cosa, a una sensible ‘normalidad”: cada fin de periodo de gobierno había elecciones, el candidato más votado era llamado por el rey para formar un nuevo Ejecutivo, y luego de un trámite reglamentario el gobierno quedaba constituido. Ahora todo resulta complejo. ¿Eso es bueno para España? Seguramente no. Sin embargo, todos los candidatos españoles de que hablamos, excepto el actual presidente Rajoy, son de la misma generación, lo que en primera instancia favorece cualquier negociación. A tal punto que, finalmente, los citados Sánchez y Rivera firmaron un documento de 66 páginas en el que acordaban la gobernabilidad destacando puntos como la necesidad de una importante reforma administrativa, no aumentar impuestos, y promover una reforma fiscal para defender a la clase media y a los trabajadores. Además de asegurar oponerse a la separación de Cataluña del estado español, entre otros compromisos. En este marco, nunca más veremos el claro bipartidismo entre socialistas y conservadores, lo que facilita ampliar el espectro político parlamentario. Pero hace unos días, el viernes 4, el socialismo perdió la votación para formar gobierno y Sánchez se quedó por ahora con el traje puesto para la investidura como nuevo presidente.
Deberán convocarse nuevas elecciones que serán el 26 de junio y tras ello, se repetirá este proceso, salvo que la mayoría absoluta surja de las mismas urnas o que los dos primeros sin mayoría, acuerden rápidamente para evitar más pérdida de tiempo.
