Alegría, ansiedad y nervios se mezclaban anoche entre los familiares de los 33 mineros atrapados, que no dudaban en protegerse del frío al calor de las fogatas. La noche en el desierto prometía ser larga y fría en el Campamento Esperanza, montado junto a la mina. "Estoy ansiosa, pero siempre supe que mi hijo estaba bien", expresó Rosa Ibañez, madre del minero Raúl Bustos, quien sería uno de los últimos en ver la luz.
El campamento prometía permanecer hasta las últimas: a nadie se le ocurría levantar las tiendas de campaña que usaron los familiares, quienes parecían más ocupados en prepararse para el reencuentro. La mayoría de los familiares pasó las últimas horas nerviosamente, preparándose para subir a una explanada cercana al túnel de evacuación de los mineros. Cada trabajador escogió a los tres parientes que como máximo autorizó el equipo médico para estar allí.
Varios de esos designados esperaban en un sector reservado para ellos el aviso de "subir", o desplazarse por la polvorienta curva de unos 200 metros que en un leve ascenso lleva a la entrada principal de la mina. "Yo tengo mucha alegría, mucha ansiedad, encomendándome a Dios", dijo Alejandra Ximena Reygadas, una de los cuatro hijos del minero Omar Reygadas, de 56 años.
Reygadas y los demás estarán al menos dos días en un hospital tras su salida y para después "le tenemos una fiesta familiar…pero no será de inmediato, sino después, cuando él quiera". Ximena y dos hermanas iban a recibir a Reygadas, un viudo con más de nueve años trabajando en la mina como chofer de maquinaria de pesada.
Doris Contreras, de 59 años, madre de Pedro Cortez Contreras, un soltero de 25 años, esperaba sentada junto a esposo, Pedro Cortez, de 70. Decidieron que subieran a recibir a Pedro dos hermanos, mientras ellos aguardarán en el hospital, por temor a que el frío de la noche y el abrasador Sol del día les dañe su salud como personas mayores. "Estamos ansiosos y deseamos que todo sea un éxito", dijo Doris. Su marido Pedro miraba al horizonte, sin decir palabra.
Alfonso Avalos, campesino de 53 años, una figura alta de tez quemada y pocas palabras, miraba el batallón de fotógrafos y camarógrafos que lo rodeaba en el campamento donde aguardaba el rescate de sus dos hijos mayores de los cinco que tiene.
Él y su esposa, María Silva y Bruni, la novia de su hijo Renán, de 29 años, darían a éste la bienvenida. A su otro hijo Florencio, de 31 años, también atrapado, de 31 años, lo recibirían su esposa Mónica y sus dos hijos, Alex y Bairo.
"Yo soy del campo, no soy estudiado", respondió a un reportero que le preguntó qué se siente ser famoso y que su rostro y el de sus dos hijos sea conocido. "No tengo idea de lo que es ser famoso, no sé lo que significa famoso". Dijo que sólo sabe que "llegó la hora final".
