La ola de episodios violentos mortificó el pulso del país y se tradujo en alarmantes actos delictivos de toda especie. Los periódicos oscurecen sus páginas con el relato de dramáticos hechos e imágenes. Cada nota gráfica visualiza en las primeras planas el duro reinado de la violencia, un fervor bélico que no desconocemos flamea en diversas manifestaciones. Los locutores radiales y televisivos trasuntan en sus voces y con sus gestos lo que nos está sucediendo. Sociólogos, políticos y autoridades aportan y contribuyen con posibles soluciones disímiles; pero coinciden en buscar la clave del proceso en esferas próximas a factores sociales, ideológicos y económicos. Sin duda alguna, lo enunciado tiene una causal inesperada, el exceso de adrenalina colectiva, la necesidad de aliviar esa "carga” mediante una iracundia al aire libre. Desde esta perspectiva parecería que los países se contagian y se enferman, igual como lo sufren sus habitantes. ¿Nuestro país está enfermo? Esta frase adquirió plena ciudadanía. Sirve para rotular un malestar imposible de imaginar y define adecuadamente las tensiones y las extremas expectativas en las gentes de hoy; una mezcla de ansiedad y miedo, desequilibrio y enajenación viajan al dorso del término "estrés”.

Una minuciosa compilación de personas y casos, el análisis exhaustivo de causas y efectos que lo provocan servirá para comprobar que este mal puede generar males de distintos tipos. ¿A qué factores debe atribuirse la creciente delincuencia, esa verdadera marea de crímenes, robos seguidos de muertes, golpizas inclusive a ancianos, violaciones, destrozos de escuelas y actos de vandalismo de todo tipo que en los últimos tiempos se ha precipitado sobre nuestro país? Atacando incluso el Código Penal, algunos expertos acusan: Los delincuentes ¿No son tratados con el vigor que se merecen?.

El delito ¿debe ser castigado severamente? ¿O es la certeza de la impunidad o la condena leve lo que impulsa a delinquir? Es notorio que se advierte una clara y manifiesta crisis de autoridad en muchos hogares, escuelas e instituciones. El permisivismo y el dejar hacer están carcomiendo dos pilares fundamentales en los cuales se apoya el normal desenvolvimiento del ciudadano que se atiene a las elementales reglas de convivencia y que no desea otra cosa que vivir sin sobresaltos, protegido por leyes. Parecería que nuestro país estuviera enfermo y no sabemos qué médico o remedio podrían hacerle recobrar su pulso normal. Pero lo realmente peligroso es que se acepte la violencia ya instalada en la sociedad como parte de nuestra forma de vida, y nos acostumbremos a ella poniendo en duda si el camino recto es, a la postre, el único que debemos tomar.